viernes, 2 de diciembre de 2016

Mamá en Apuros: Visita a la Casa-Museo del Ratoncito Pérez



Quisimos hacer una excursión chula, y como a MiniP se le cayó otro diente (el primero se le cayó el curso pasado), aprovechamos para visitar La Casa Museo del Ratoncito Pérez, que está en Madrid, en la calle Arenal.

Era una visita que teníamos pendiente, la he visto recomendada por varios sitios, por lo que elegimos un día (como cualquier otro) para bajar a Madrid.

Es curioso, no sé si realmente se baja o se sube, pero toda la vida lo he escuchado, eso de bajar a Madrid. Por suerte vivimos relativamente cerca, de modo que cogimos el coche, y nos plantamos en la capital en unos veinte minutos. Dejamos el coche en un parking cercano y nos acercamos andando a la calle Arenal. 

No estaba muy lejos, caminamos tranquilamente. Bueno, Papá en Apuros caminaba tranquilamente, MiniP iba dando saltitos y yo iba como la loca histérica que suelo ser cuando MiniP no me da la mano y estamos en un sitio donde hay mucha gente. Y sí, había gente como para una guerra, que no sé por qué todo el mundo tiene que decidir bajar a Madrid cuando lo hacemos nosotros. Debería ser una norma establecida que si voy yo, el resto del mundo debería quedarse en casa: así tendríamos sitio para aparcar y MiniP no tendría que soportar ni mis gritos ni mis uñas clavadas en sus manos para que no se suelte (Nota: son uñas metafóricas, no le hago daño a mi hija adrede).

Llegamos a Sol y ahí sí que tuvimos un problema. Atajamos por el pez, a MiniP le llamó la atención la estatua del Oso y el Madroño (que por cierto es osa y no oso), y se iba a acercar, pero había gente haciéndose fotos y otras personas esperando su turno de forma educada. Le íbamos a decir a MiniP que teníamos que esperar, y que si quería le hacíamos una foto, cuando hizo contacto visual con una persona disfrazada de Pikachu que vendía globos. Y ahí comenzó el drama. 

Corrió a esconderse detrás de su padre, para lo que se soltó de mi mano de manera brusca, lo que hizo que yo me asustara por si le daba por salir corriendo o algo. Si se pone a correr en una plaza con tanta gente, la pierdo seguro. Eso pensó mi cerebro en un milisegundo, y antes de poder reaccionar mi brazo se activó cogiendo a MiniP del suyo. Por suerte, segundos después me percaté de que solo se había refugiado tras la figura de su padre, con lo que relajé la tensión y no le rompí el hueso. (Nota de nuevo: es una clara exageración, no le dejé ni marca).

Imagen de aquí


El Picachu hizo amago de acercarse, pero se lo debió pensar mejor al ver mi cara de mala hostia, porque hizo un quiebro y se arrimó a un grupo de familia que pasaba por allí. Papá en Apuros, como siempre tranquilo en situaciones tensas, le ofreció a MiniP cogerla a hombros. Parece un ofrecimiento sin valor, pero en realidad hace mucho que no la carga de esa manera: desde que MiniP está tan grande, que son 6 años ya, y 22 kilos. Ella, por supuesto, encantada, de manera que se la subió, ella se tapó la cara con las manos apoyándose en la cabeza de su padre, y así cruzamos Sol, como tres fugitivos, sin mirar a los lados y lo más sigilosamente posible para no llamar la atención de los vende-globos disfrazados.

Quizá debimos haberlo previsto, ya que MiniP tiene problemas con los disfrazados desde bien pequeña. No le gustan, le dan miedo. No sé por qué, en realidad, porque ella sabe perfectamente que es una persona que lleva un traje con mucha tela, pero no lo soporta. Luego se divierte con los disfraces de Halloween. Y cuanta más sangre, más se divierte, no lo entiendo.

Una vez a salvo, en la calle Arenal, Papá en Apuros se libró de su carga y nos dispusimos a buscar la casa del Ratón Pérez. Dimos la vuelta cuando se acabó la calle, pues nos habíamos pasado. De vuelta nos pasamos de nuevo, por lo que al final acudimos a internet. Gracias a eso, por fin lo encontramos, dentro de un centro comercial, en su primera planta. Subimos, entramos en la tienda, que estaba llena de cosas chulas, como cuentos, cajitas para dientes, juegos de mesa… Allí nos informaron de que el siguiente pase sería en 30 minutos. Compramos las entradas y nos fuimos a dar una vuelta.

Aproveché, porque había visto una librería muy pequeña, pero que tenía fuera unas mesas y ahí perdimos un rato… Bueno, yo me sumergí en el olor, el tacto, los títulos de los libros, mientras Papá en Apuros esperaba pacientemente y MiniP petardeaba por allí cerca… 

La casa del Ratón Pérez es pequeña, pero muy bonita. La entrada cuesta poco, y te hacen una visita guiada que dura unos quince minutos, pero en el que la cara de los niños y las niñas es un poema. 


Entras a la sala de estar, atestada de cosas, de cuadros, de dientes. La decoración está muy cuidada, y la atención de la guía es genial. La que nos tocó tenía la voz muy dulce, y contaba la historia rápido, pero de manera divertida. Hizo participar a todos los peques, que salieron encantados.

Después de contarnos el origen del cuento del Ratón Pérez, nos hicieron pasar por la puerta mágica a su casa. La puerta mágica estaba a ras de suelo y había que gatear para entrar. Según abrió la puerta nuestra guía MiniP retrocedió. Supongo que aún le quedaba en el cuerpo la impresión de los disfrazados, pero esta vez la pude convencer para que pasara… delante de mí. De modo que me agaché y recorrí un pequeño pasillo cubierto de purpurina, que, por supuesto se me quedó en toda la ropa, para aparecer en la biblioteca del señor Pérez. Como el destino fue muy agradable, decidí olvidar el tema y alegrarme. Me puse a mirar los libros. Había estantes hasta encima de la puerta. Tomé nota para modificar mi propia biblioteca.

Con la visita a su biblioteca, y a una maqueta de la vivienda completa del Ratón Pérez se terminó la visita. He de decir que la historia en algún punto cojea (si aparecemos en la biblioteca del Ratón Pérez por qué luego vemos la casa entera en maqueta), pero la verdad es que visto desde la perspectiva infantil es simplemente mágica. MiniP salió encantada de allí, y su padre y yo, también. 

Terminada la visita tan solo quedaba volver al coche. Decidimos cruzar a la acera contraria para evitar el drama con los disfrazados, y aún así MiniP se colocó en el lado más alejado, escondiéndose tras su padre, pero vigilando, controlando a los disfrazados, no fueran a cruzar y a perseguirla con los globos…




viernes, 25 de noviembre de 2016

Mamá en apuros: Mamá manitas




De pequeña solía ser más manitas que ahora. Imagino que será herencia, de familia, porque recuerdo a mi padre siempre entre cables, abriendo radios de coches, vídeos beta y, posteriormente vhs, hurgando, sacando cables, volviéndolos a meter, soldando, y probando a ver si funcionaba. Me encantaba sentarme con él a la mesa y trastear lo que me dejara, pero como era poco, pronto empecé a hacer mis propias chapuzas. Aunque jamás aprendí a usar el soldador (uno pequeño que se utilizaba con estaño), alguna cosa arreglé.

Y es que tengo un don para las máquinas. Para la electrónica. Para el hardware y para el software también. Investigo, miro, remiro y pruebo. Lo que me lleva al éxito más veces que al fracaso es que no me da miedo tocar. Si estoy con algo que ya está roto, ¿para qué preocuparse? ¿Lo voy a romper más? Y con el software se inventó algo maravilloso: la tecla escape. Y si eso no te funciona, desenchufa y vuelve a enchufar. Llama a cualquier servicio técnico y será la primera instrucción que recibas…

El caso, que me desvío, que lo que he visto y mamado desde bien pequeña en casa es que, si algo se puede hacer en casa, se hace, y así nos ahorramos dinero en especialistas, que vienen a hacer lo mismo que puedes hacer tú y te soplan un pastón. ¿Qué hay que pintar? Pues se pinta. Y pintamos todos, no se salva ni el tato, hasta la más pequeña de la casa se le da un pincel y pinta. Pero antes de pintar hay que raspar el gotelé. Pues se raspa. Más de quince lesiones tuve yo, entre esguinces y tendinitis, por raspar la pintura de la pared, y ni con esas te librabas del trabajo. Y pobre de ti si se te iba la espátula y acuchillabas la pared, ¡menudo grito! ¡Que luego había que igualar con aguaplast! Si a mi padre le llegan a pillar los de protección de menores se lo llevan preso, nos faltaba una bola atada al tobillo y un traje de rayas para estar internas…

Cuando tenía yo unos dieciocho años se cambió el suelo entero de la casa, y no por tarima, que esa ahora la pones como un puzle, sino por plaqueta, y sí, la puso mi padre con ayuda de un amigo suyo. La calefacción lo mismo, tan solo se llamó a un técnico para pasar la inspección. Y en ese cambio de cara general que se le dio a la casa también se incluyeron los enchufes y los interruptores de la luz. Y de esos me encargué yo. 

Cambié todos los enchufes y los interruptores sin ni siquiera quitar el interruptor general, así de segura estaba de mi misma. Era feliz con un destornillador en la mano. Mi sueño era aprender a coger el taladro, pero las pocas veces que había probado se me había escapado y dejé un reguero de agujeros, por lo que lo dejé de lado de momento.

Dejé el bricolaje apartado cuando me vine a vivir con Papá en Apuros. Él estaba más puesto que yo, había crecido con la misma filosofía del do it yourself de los ochenta y además vivía solo desde los dieciocho. No solo sabía más, si no que por experiencia (y solo por experiencia) lo hacía mejor que yo. Y, simplemente, me desentendí.

Pero en esta casa es una ruina hay veces que se nos estropean las cosas y llegan los fines de semana, y entre la natación de la peque (sábados por la mañana), la compra, el paseo, etc, cuando nos sentamos los tres en el sofá ni nos acordamos de que hay cosas que arreglar. Y pasó que se nos estropeó el interruptor de la luz de nuestra habitación. Papá en Apuros dijo que no pasaba nada, que compraríamos otro y lo cambiaría.

Pasó una semana y compramos otro interruptor. Lo dejamos en algún lado de la casa.

Pasó otra semana y el interruptor seguía sin haberse cambiado. En un arranque de locura, me dio por buscar el nuevo para cambiarlo yo misma. Hacía años que no tocaba un cable de la luz, pero no importa, yo puedo. El caso es que no encontré la bolsa de las cosas de la ferretería.

A la semana siguiente decidí coger el toro por los cuernos y compré yo misma un interruptor, aprovechando que tenía que comprar una bombilla que se había fundido del comedor. El caso es que solo se había fundido una de una lámpara de dos, que todavía tenía luz, y la cambiamos a los dos días. Pero la habitación llevaba casi un mes sin luz, y cada vez que queríamos algo teníamos que ir hasta la pared contraria para dar la luz de la mesilla. Incómodo, sí, pero aparentemente nos gustaba.


Compré la bombilla y el interruptor, y cuando llegué a casa me arremangué y busqué los destornilladores. Apagué el ordenador, que suele estar siempre encendido, y antes de ponerme al lío bajé los interruptores de la luz. La muchacha intrépida que fui sufrió un escalofrío en algún momento de 1996, mientras cambiaba veinticinco tomas de corriente sin guantes protectores. 

Quité los restos del viejo interruptor, que se desintegró casi por completo. Quité los cables, y los puse en el lugar correcto. Esto ahora parece más sencillo, pero yo prefería el método antiguo. Los interruptores de antes fijaban los cables con un tornillo muy pequeño, pero los modernos van con un sistema en el que solo hay que apretar un botoncito de plástico. Más cómodo, pues no tienes que buscar un destornillador pequeño, pero menos fiable. En esto se cumple la regla de: antiguamente se hacían mejor las cosas.

Coloco los cables, pongo el interruptor en su sitio, pero aún no le pongo los plásticos protectores, la tecla y demás. Con el destornillador en la mano, la sonrisa de suficiencia en la cara, voy a conectar la luz. Vuelvo a la habitación, y le doy al interruptor, mirando hacia dentro para contemplar el milagro de la electricidad. 

Nada.

Le doy otra vez, no vaya a ser que la primera lo haya hecho mal… Pero nada, no funciona.

Un poco más desinflada, vuelvo al cuadro de la luz para desconectar de nuevo. No pasa nada, seguro que he colocado mal los cables. Cosa extraña, porque yo juraría que no guardan posición concreta, pero no pasa nada. Lo vuelvo a intentar.

Desconecto los cables, los cambio de sitio, compruebo que no se hayan quedado sueltos, que estén firmes, y coloco todo el conjunto en su hueco, esta vez sin esmerarme mucho, no vaya a ser que no funcione. Vuelvo a conectar la luz de la casa, vuelvo a la habitación, y esta vez con menos entusiasmo, vuelvo a darle al interruptor.

Nada. Pruebo de nuevo, porque todo el mundo sabe que encender y apagar un interruptor es una ciencia muy complicada y a veces fallas. Pero no, la luz no quiere encender. Miro a la lámpara, una que es lámpara y ventilador a la par, por si ella tiene la respuesta, pero nada. El caso es que parece que me quiere decir algo, pero no consigo entenderla. El día que entienda a las lámparas que parecen que quieren decirme algo será el día que finalmente me internen en un manicomio, pero por suerte para mí, ese día aún no ha llegado.

El que llegó fue Papá en Apuros, al que le conté apesadumbrada que había colocado el interruptor, pero que lo que iba a ser mi gran victoria se había tornado en mi gran fracaso porque no funcionaba.

-- ¿Has encendido la luz de la lámpara?

Se me quedó cara de idiota. La lámpara, mira que la lámpara me lo quería decir. La muy japuta. Tiene interruptor propio de luz para que puedas usarla en modo ventilador sin que te tengas que quedar cegada. 

Vamos a la habitación, le damos a la cuerdecita y… voilá, se hizo la luz. 

Me invadió una sensación extraña. Por un lado, estaba orgullosa de haber arreglado el interruptor, pero por otro lado me sentía absolutamente imbécil por no haberme dado cuenta de lo que me quería decir la lámpara.



viernes, 18 de noviembre de 2016

Mamá en apuros: Goteras II parte




En el colegio se lió la mundial con las goteras, pero al final se llamó a quien hubo que llamar, comenzaron los arreglos. Los chiquillos y chiquillas andan un poco desubicados, aunque creo que es peor para el profesorado, que no están en sus clases habituales y no saben muy bien donde pueden estar sus recursos, las tizas, los posters de las paredes, etc. Pero más allá de eso, que en cosa de un mes estará solucionado (solo falta pintar las clases), no ha llegado la sangre al río.

En casa de los Apuros no nos asustamos porque sabemos muy bien qué son las goteras, por desgracia. El primer día de lluvia fuerte, el de la fiesta de octubre, aparecieron dos manchas sospechosas en casa: en la cocina y en la habitación de MiniP. Altamente preocupante me pareció la del cuarto de MiniP, ya que había dado parte de esa humedad en Semana Santa, y en las siguientes lluvias, volvió a aparecer. Me entraron ganas de matar a alguien. ¿Por qué la gente es tan inepta? Si se da parte de una gotera, se debe arreglar, y si no, debería haber consecuencias. A lo mejor la tortura hasta la muerte no es la más acertada de las soluciones, pero es lo que se me ocurre después de leer Juego de Tronos (Canción de Hielo y Fuego, pero más conocida con el nombre de su primer libro debido a la serie de tv). La culpa es de los libros, que son una mala influencia para mí.

Llamamos al administrador de la finca, porque vivimos en un último piso y las goteras proceden del tejado, al que puse a caldo por no haberse ocupado en su momento de la gotera repetida. Vino el albañil, subió al tejado para ver cuáles eran los daños y nos quedamos a esperar que aprobaran el presupuesto.

Pero antes del presupuesto llegaron más lluvias. Algún dios aburrido debió escuchar mis pensamientos asesinos y decidió castigarme por ello. O quizá es que le pareció gracioso hacerme de rabiar, no sé. El caso es que el fin de semana del desastre pasamos todo el domingo fuera y volvimos tarde. 

Llegábamos con frío, era ya de noche, nos quitamos los abrigos, y mientras yo iba colgándolos, MiniP se adelantó para pasar al comedor. Dio al interruptor y, con una especie de golpe, se fue la luz de toda la casa. Como era la que más cerca estaba del cuadro de la luz, subí los automáticos, pero no me dejaba. Seguía saltando. Papá en Apuros abrió la puerta del comedor, le bajó el interruptor de la luz, y por fin pudimos subir los automáticos.

Debo decir que con lo de la luz la verdad es que tampoco nos extrañamos tanto. Nos salta muy a menudo. Tenemos todo eléctrico, y no hemos cambiado el contrato básico, con lo que siempre tenemos que estar jugando a: si pongo la lavadora tengo que dejar el termo apagado; si pongo el horno y un fuego no puedo poner otro fuego porque si salta el frigo se va la luz. Y una temporada extraña, hace como un mes, en el que se iba la luz a menudo pese a que no teníamos nada conectado… El caso es que la temporada pasó y no ha vuelto a suceder, no sé si porque el fantasma que hacía saltar la luz se aburrió de que no nos asustáramos, o si había algo royendo los cables y se cansó de hacerlo… Personalmente me da menos miedo la historia del fantasma.

Con la luz de la entrada abrimos la puerta del comedor y pasamos los tres: Papá en Apuros, MiniP, que a pesar de haber sido la primera en pasar dio marcha atrás cuando se fue la luz, y yo. 

-- Mierda – dijo Papá en Apuros.

-- Mierda – dije yo.

-- Vaya – dijo MiniP, que se piensa que tanto mierda como idiota son palabrotas.

En el centro del comedor había un charco de unos centímetros de profundo en su centro, y del techo no dejaba de gotear agua. Sobre la puerta que da paso al pasillo también caían gotas de agua, aunque con menor intensidad. El problema con la luz era que estaba destilando por los cables de la lámpara que había originariamente en el comedor, de la que en su momento sacamos dos extensiones para poner dos ventiladores de techo, y así tener más repartida tanto la luz como el aire que dan los ventiladores en verano.


Quitamos el plafón de adorno que habíamos puesto para tapar los cables, y cayó aún más agua. Tenía una piscina en mitad del comedor, solo que el tiempo no acompañaba para un baño. Recogimos toda el agua, secamos como pudimos, colocamos bayetas y cubos y nos cabreamos mucho.

Tras paliar el desastre en el comedor, y en la puerta del pasillo, fuimos a comprobar las dos goteras originales. En la cocina no había crecido, pero en la habitación de MiniP teníamos una bonita cascada que caía por toda la pared. Tuvimos que hacer un salvamento de emergencia de los libros que estaban en la estantería y los muñecos que MiniP tiene repartidos, algunos de ellos sí llegaron a mojarse.

Desmontamos su habitación. Retiramos la cama de la pared y hasta descolgamos el panel de madera que hacía de tope contra la pared. Sacamos la cama de abajo y la pusimos en nuestra habitación. Es bonito dormir junto a una cascada, pero cuando es verano y en la naturaleza, no en el interior. 


De nuevo llamamos al administrador, de nuevo con ganas de matar a alguien. Yo no sabía si reír o llorar, mientras Papá en Apuros se apuntaba a todas las páginas webs de búsqueda de pisos. Y, no sé por qué, me venían a la mente imágenes de la película Esta casa es una ruina. Suerte que, como estos pisos son de hormigón, será muy difícil que se me caiga la bañera al piso de abajo…


Claro, con este panorama, sin que dejara de llover, sin saber cuándo me iban a arreglar el tejado para que dejaran de crearse ríos en la intimidad de nuestro hogar, recibo el mensaje al día siguiente de que el colegio se ha inundado… ¡Me río yo de inundaciones! A las madres y padres alarmistas que gritaban que se había caído el techo les cambiaba yo la casa. Iban a preocuparse por tonterías… ¡Aguas a mí! ¡Ja!

Y esta es la razón por la que no seré votada como la madre más popular del cole…

viernes, 11 de noviembre de 2016

Mamá en apuros: goteras (parte I)




Soy una firme y convencida defensora de que existe el cambio climático. Creo que es una realidad, creo que nos estamos cargando el planeta y que las estaciones ya no son como cuando yo era pequeña. Es por eso, a causa del cambio climático, que hemos tenido temperaturas casi primaverales hasta casi noviembre, y por lo que, cuando por fin ha llovido, después de meses y meses de necesidad de lluvia, lo ha hecho a mala leche. 

El agua busca camino. Y si cae con tanta fuerza como las últimas lluvias que han caído por Madrid, no solo lo busca, sino que lo hace. Se lo fabrica. Serpentea por las calles, los tejados, las paredes, buscando pequeñas hendiduras por donde hacer su aparición. Y si son pequeñas, las agranda, con paciencia pero sin pausa, taladra hasta adentrarse en lo más profundo de nuestros hogares, feliz por aparecer donde no tendría que haber agua.

Y así pasó en el colegio de MiniP. El agua llegó en el momento justo, cuando estaban reformando el cole. Esas obras, que podrían haberse hecho en verano, cuando no suele llover (y no llovió) y cuando el alumnado y profesorado están de vacaciones, se pospusieron hasta unas semanas antes de empezar el cole.

Las voces anónimas que siempre se alzan, por supuesto se alzaron. Gritos de por qué, de si los niños y niñas tendrían que soportar ruido, polvo, incomodidades, pero las quejas no llegaron a ningún lado. Apenas un par de madres se acercaron al ayuntamiento, donde les dieron las explicaciones oportunas que admitieron gustosamente. Las demás madres y padres se conformaron con cuchichear a la salida, en los parques, pero sin dar la cara. Lo que suele pasar siempre.

Las obras avanzan a ritmo lento pero seguro. Demasiado lento a juzgar por los acontecimientos. Llegamos a octubre, y en las primeras lluvias torrenciales nos encontramos con que una señora gotera ha dañado una clase y material del aula. 

De nuevo las voces se alzan, de nuevo la gran mayoría se conforma con quejarse.

Se toman medidas para arreglar la gotera, se llama a los seguros para cubrir los daños y se continúa con el normal funcionamiento del colegio. Hasta que llegó el diluvio universal. 


Ese día los cielos se abrieron y seres místicos a los que habíamos enfadado vete a saber por qué nos tiraron agua a cubazos. Llegó ese día y con él, casi, el fin del mundo. Resulta que toda la planta de arriba del cole se había convertido en una piscina. De las ocho o diez clases que hay allí tan solo dos estaban secas, pero los accesos no. Los pasillos se convirtieron en ríos, y la situación fue un caos por lo menos la primera hora. Debido al mal tiempo algunos de los profesores llegaron tarde por el atasco, de modo que con menos personal hubo que meter a los alumnos en el gimnasio y de allí se fueron desviando por clases a lugares provisionales convertidos en aulas: la sala de profesores, la biblioteca, el laboratorio, etc…

Pero mientras dentro se intentaban organizar, acudía el alcalde, un inspector, la Comunidad, por fuera las madres se organizaban en pandillas, unas para recabar información, otras para crear caos. Porque si no, no me lo explico.

Es verdad que la gran mayoría de las madres y padres que se quedaron para ver qué sucedía sirvieron de mucha ayuda. Y de apoyo para las que no pudimos estar. Hay muchas y muchos que trabajamos y dejamos incluso antes a nuestros hijos o hijas en el desayuno, con lo que no podemos ir al ayuntamiento a meter presión, ni a que nos informen. Por suerte, y estoy muy agradecida, estuve constantemente informada vía WhatsApp, con lo que mi preocupación sobre el estado del colegio fue relativa. Hubo preocupación, porque se habló de cerrar el cole, se habló de trasladar a algunas clases a otros colegios, pero finalmente se concluyó que tan solo era problema de la impermeabilización del tejado, la estructura estaba perfecta. De modo que se buscaron aulas alternativas y se continuó con la actividad del colegio.

Pero hubo un grupo minoritario que alzó mucho la voz. Me imagino a esos padres y madres con antorchas en las manos, y azadas, en un grupo hostil, gritando en la puerta del colegio. En Facebook, ese lugar donde vale todo, alguien se encargó de tranquilizar al personal (recordad, hay muchos padres y madres que trabajan y no saben lo que sucede) poniendo que se había derrumbado el tejado del colegio, afectando a varias clases. Y que los niños seguían dentro, en un colegio que podría ser perjudicial para ellos. La noticia se propagó como la pólvora, y hasta hubo quien se creyó con capacidad para corregir una publicación de un medio de información local. En un comentario les corrigió diciendo: “No han sido humedades, se ha caído el techo”.

¿En serio? 

A ver, soy tan histérica como la que más, pero confío lo suficiente en el personal que dirige el colegio como para que manden a casa a mi hija si el lugar no es seguro. Si hay gente que no tiene claro esto, ¿por qué continúan en este colegio? Actualmente en la Comunidad de Madrid existe la zona única, puedes pedir un traslado.

Hubo quien preguntó qué estaba haciendo el AMPA, como si el AMPA fuese un ente repara goteras, como si no lo compusieran los padres y las madres de los alumnos, tanto la directiva como la asociación entera.

Finalmente tras haber calado el agua caló la verdad. Se les dio nueva ubicación provisional para las clases afectadas y se llamó a una segunda empresa de construcción para que se dieran más prisa en arreglarlo. Tan solo había que esperar a que dejara de llover, y para eso no estábamos autorizados nadie.



Aunque creo que en algún muro de Facebook se han quejado de eso también…

lunes, 7 de noviembre de 2016

El circo de la noche, Erin Morgenstern




Suelo incluir en las reseñas, lo primero de todo, una sinopsis del libro, pero en este caso no lo voy a hacer. Y es que en la contraportada de El Circo de la Noche viene un spoiler como una casa. Es un dato que no revelan en la novela hasta casi el final. Lo intuyes bastante claro, porque aunque pretende dejar el suspense no lo hace de la manera más sutil, pero aun así, me parece terrible que den ese dato en la contraportada. De modo que advertidos quedáis, si os interesa la novela, no leáis la contraportada.

Suerte que yo no suelo leerla. La de este libro la leí cuando ya llevaba más de la mitad de la novela, lo que vino a confirmar mis sospechas. Pero me cabreó un poco.

El circo llega sin avisar. Se marcha de repente. Y solo abre desde el anochecer hasta el amanecer. Todo es blanco y negro: las carpas, el vestuario, hasta la comida que venden. El fuego. Todo en blanco, negro o gris. No es un circo cualquiera, pero lo que no sabe nadie es que es el escenario de una partida entre dos contrincantes, dos jóvenes magos que no tuvieron elección, fueron elegidos para el juego cuando eran unos niños.

Debo decir que no es una novela de las que me hayan marcado. Ha sido más bien un psé. No me ha decepcionado, no me aburrido, aunque tampoco es que me apeteciera coger el libro. No está mal escrita. Pero no me ha llenado.

Tiene cosas a favor, y bastantes. Lo primero, la distribución de los capítulos. Va alternando algunos capítulos de la historia, narrados en tercera persona, todos con título y fecha con otros escritos en segunda persona del presente, como dirigidos a alguien en concreto, alguien que está entrando en el circo, y al que le dicen lo que está viendo en esos momentos. Los de la historia, además, no están ordenados cronológicamente, lo que le da otra perspectiva a la historia. Esto es un gran punto positivo, porque le da profundidad a la historia.

Y la historia es buena. Tiene buenos cimientos, no se cae y dentro de la realidad que describe es realista. Además, está narrada de una forma muy correcta. No es una grandísima narración, porque hay partes que intenta insuflar más tensión, y por lo menos conmigo no lo ha logrado del todo, pero se ha quedado a poca distancia de lograrlo.

Hay dos personajes principales, que son Marco y Celia, los dos magos protagonistas, a los que conoces desde bien pequeños y vas viendo cómo evolucionan. Tras ellos, sus mentores, unos personajes extraños que interactúan poco con el mundo. Y después están todos los miembros del circo, incluidos los gemelos que nacieron el mismo día de la inauguración. Todos tienen profundidad, todos tienen pasado y peso en la novela. 

Todos los ingredientes que suelo medir para argumentar si un libro me ha gustado o no son correctos. Y tampoco es que me haya aburrido, pero no me ha enganchado. No estaba deseando hincarle el diente, no me ha picado la curiosidad. Creo que he echado de menos algo más de atmósfera.

Puede ser también que no es mi momento. Estoy pasando un bache lector, una de esas épocas en las que todo lo que lees te parece insulso, y como que tampoco tienes ganas de ponerte. Espero que pase pronto, porque hay pocas cosas en la vida con las que yo disfrute como puede ser la lectura. 

No puedo evitar pensar que, quizá por mi momento personal, no estoy siendo justa con esta novela. Ha habido partes que me han gustado mucho, las descripciones de las carpas, los detalles de la ausencia de color. Algunos personajes… Por eso creo que se le puede dar una oportunidad a su lectura, aunque a mí me haya parecido tan sosete. Pero, sobre todo, no leáis la sinopsis.



viernes, 4 de noviembre de 2016

Mamá en apuros: MiniP y el caso del pendiente invasor



Si me da por pensar, descubro que la mayoría de mis historias comienzan al despertarme. Será porque me sienta fatal levantarme de la cama, me da igual que sea temprano, que sea tarde, me cuesta un mundo. Con lo a gusto que se está durmiendo no entiendo cómo hay personas a las que le parece una pérdida de tiempo.

Mi hija ha salido a su padre en eso, y sí, son de ese tipo de personas que duermen porque sus organismos lo necesitan, que si se pudieran enchufar y mantenerse despiertos mientras tanto lo harían, como los móviles. Por suerte, como todavía es pequeña, la puedo convencer para que se venga a mi cama y a veces, solo a veces, se vuelve a quedar dormida un rato.

El día del caso del pendiente, se levantó temprano y se vino a mi cama. Era día laborable, pero ella no tenía cole y yo estaba de vacaciones, de modo que esperaba levantarme algo tarde. Tampoco la locura, pero cruzaba los dedos para no ver menos de las nueve de la mañana. No tuve suerte. MiniP se espabiló un poco cuando su padre aún andaba trasteando por casa, cogiendo las últimas cosas antes de ir a trabajar, y se vino a mi cama. De ahí, dio unas pocas de vueltas y pidió permiso para despedirse de su padre. Se lo concedí con la condición de que volviera a la cama, pero ya sabía yo que mis esperanzas iban a ser vanas. Volver volvería, y de hecho volvió, pero ya no se durmió. Mi no madrugar se convirtió en estar despierta desde las siete y media de la mañana. Esto no son vacaciones ni nada.

El caso es que mientras estábamos en la cama, yo intentando ignorarla a ver si se dormía, ella hablaba de vez en cuando. Y me dijo: “mamá, me duele un poco el pendiente”. Entre la caraja y las ganas de seguir durmiendo, tampoco le di mucha más importancia. Le dije que el pendiente era difícil que le doliera, puesto que no tenía nervios en él. Una bromilla mañanera. No lo pilló. Seguí intentando dormir. No me dejó. A los cinco minutos nos levantamos.

Tenía en mente mirárselo después de desayunar, pero cuando aún no se había terminado el colacao salió pitando al baño sin decirme nada. Escuché algún ruido raro, y le pregunté:

- MiniP, ¿estás vomitando?

- ¡Todavía no! – me gritó desde el baño. Acto seguido, escuché ruidos de vómito.

Después de eso, olvidé el pendiente.

Lo volví a recordar por la tarde, cuando dejaba a la peque a dormir con mi madre. Subimos a su casa, dejamos la bolsa y le quité el abrigo. Yo no me quité el mío porque se suponía que iba a estar el tiempo justo de dejarla, ya que volvería a una casa vacía y quería disfrutar de mi soledad. Pero al quitarle el abrigo a MiniP le rocé la oreja y se retiró de mi con queja incluida.

De modo que me asomé al pendiente, y vi que tenía un poco negro entre el pendiente y la oreja. Más por la parte de atrás. Intento quitárselo, pero está duro y además le hago daño. Asomo más por la parte de atrás, pero no consigo ver bien porque cada vez que toco MiniP se queja y se retira.

La verdad es que no se deja tocar mucho. Cada vez que he tenido que curarle una herida me ha montado un espectáculo. Esta vez hubo menos gritos, pero no se dejaba tocar.

Me quité el abrigo, agobiada. Estaba empezando a vislumbrar algo raro, pero seguía sin poder determinar bien el qué, debido a la poca luz, el poco espacio y el poco tiempo que me dejaba tocar MiniP. Me senté en el sofá y la tumbé de lado, a ver si así veía mejor. Y vaya si vi.
El pendiente en su nave, dispuesto a atacar


Un espectáculo dantesco. La tuerca del pendiente, de forma piramidal, se había introducido dentro de la oreja de MiniP, en un intento de conquistar su cuerpo, sin duda. Solo quedaba libre media tuerca, y cada vez que yo intentaba sacarla, asomaba parte del resto por el agujero del pendiente provocándole dolor a mi pequeña. Lo volví a intentar, despacio, haciendo un pelín de presión, cogiendo por un lado la parte delantera del pendiente (una mariquita) y por el otro lo que quedaba visible de la tuerca, pero en lugar de salir de la oreja, tan solo se separaba la parte delantera. 

Yo me veía ya en urgencias explicándole a algún doctor o doctora lo mala madre que soy. Mala madre por haber dejado la oreja de mi hija a expensas de un pendiente invasor que pretendía colonizarla. Y a ver cómo explicaba yo que no miraba bien detrás de sus orejas, que tan solo le pasaba el chorro del agua de la ducha, y cuando tenía fiebre tan solo prestaba atención a si tenía puntitos rojos o no, ignorando lo que pasaba lentamente tras su lóbulo. 

Porque esta invasión no habría sido cosa de un día, ni de dos. La tuerca hizo su trabajo despacito, sin nadie que le pusiera freno, entrando en el organismo de MiniP por la puerta trasera de su lóbulo y seguro que con planes de extenderse más allá, quizás hasta la ternilla, colonizando la oreja entera. Me pregunto si con el tiempo suficiente le habrían crecido mariquitas en el pelo… 

Seguía intentando quitarle el pendiente a MiniP, y debo decir que pese a su historial estaba aguantando muy bien. No terminaba de dejarse hacer, pero la soborné, el gran truco que toda mamá en apuros debe tener bajo la manga. Tenía un sobre de la Patrulla Canina que había comprado la semana anterior, y que estaba reservando para cuando se portara fenomenal, pero lo vi más necesario en ese caso. 

- MiniP – le dije-, si me dejas quitarte el pendiente te doy el sobre de la Patrulla.

A ella, claro, se le iluminaron los ojillos. Y se dejó hacer lo mismo de antes.

En un último intento desesperado (ya me veía en el hospital rellenando formularios y señalada con el dedo por el personal de enfermería), le pedí a mi madre unos alicates. Ella, más sensata, me ofreció unas pinzas de depilar. Y yo las recogí, como la cirujana improvisada en la que me había convertido. 

Le dije a MiniP:

- Cariño – mi tono era solemne – Es el último intento. Si no lo consigo te tengo que llevar a urgencias.

Se estuvo muy quieta, apretando con una mano su sobre de la Patrulla Canina y con la otra la mano de su abuela, mientras yo cogía la tuerca invasora con las pinzas y la parte de la mariquita con la mano, y despacio, tiraba. MiniP se encogía y se quejaba, pero poco a poco, la tuerca salió. Suspiré aliviada cuando tuve las dos partes en la mano, y los orificios de la oreja de MiniP sucios, pero libres.
Pendiente sometido. No salió sin luchar, pero ganamos la guerra.


Para terminar el trabajo, y evitar las urgencias, nos acercamos a la farmacia. Le expliqué por encima a la farmaceútica lo que nos había pasado, y ella pidió permiso para mirarle el destrozo a MiniP. 

Y fue una suerte, porque se dejó hacer por la farmaceútica lo que no pude hacer yo, le quitó los restos negros que tenía en los orificios, y me dio un diagnóstico que me alivió sobremanera: no estaba infectado. Nos recomendó antiséptico para evitar la infección que no tenía, y que le pusiera un pendiente para que no se le cerrara el agujero. Compré ambas cosas y nos fuimos.

No le vuelvo a poner pendientes que no tengan la tuerca de toda la vida, con forma de mariposa.



lunes, 31 de octubre de 2016

El Juego de Ender, de Orson Scott Card




Sinopsis: (Casa del Libro): El juego de Ender, de Orson Scott Card, autor de otras obras como La tierra desprevenida o Sombras en fuga, es la novela de mayor aceptación en la moderna narrativa de ciencia ficción. El juego de Ender ha dado lugar a una saga con millones de seguidores. Escritor prolífico, Orson Scott Card es autor de numerosas novelas y sagas, como la del Retorno, la de Ender y la de fantasía protagonizada por Alvin Maker, el Hacedor. Ha obtenido numerosos premios, entre ellos el Nebula de 1985 y el Hugo de 1986 a la mejor novela por la presente El juego de Ender y el Nebula de 1986 y el Hugo de 1987 por La voz de los muertos.

La Tierra se ve amenazada por una raza extraterrestre, los insectores, que se comunican telepáticamente y consideran no tener nada en común con los humanos, a quienes pretenden destruir. Para vencerlos es necesario una nueva clase de genio militar, y por ello se ha permitido el nacimiento de Ender, lo que constituye, en cierta forma, una anomalía, pues es el tercer hijo de una pareja en un mundo que ha limitado estrictamente a dos el número de descendientes. El niño Ender deberá aprender todo lo relativo a la guerra en los videojuegos y en los peligrosos ensayos de batallas espaciales que realiza con sus compañeros. A la habilidad en el tratamiento de las emociones, ya característica de Orson Scott Card, se une en este libro el interés por el empleo de las simulaciones por ordenador y los juegos de fantasía en la formación militar, estratégica y psicológica del protagonista.

«El juego de Ender es una novela de acción y aventuras trepidante, pero también un libro moralmente complejo y profundo. Card transforma una aventura casi juvenil en una historia trágica sobre la destrucción de la única especie sensible que el hombre ha descubierto en el universo.» HoustonPost

«Una historia con acción e ideas que hasta quienes no leen ciencia ficción devorarán con avidez.» Ipulp Fiction



Este era uno de mis muchos pendientes en lo que se refiere a ciencia ficción. Me gusta el género, aunque no soy una grandísima forofa. Por ejemplo, no he leído nada de Asimov, y tantísimos autores que aún tengo en la lista infinita. Creo que en parte es porque me gusta leer de todo, y procuro variar, y en parte también porque en mi casa había una colección de libros de ciencia ficción y creo que de tanto verlos les cogí un poco de manía. Psicología extraña, lo sé. 

El caso es que vi esta novela en los Kindle Flash, y yo que soy compradora compulsiva, lo cogí. Es curioso lo fácil que es darle al botón cuando el precio baja de los dos euros. Sabes que te vas a llevar un libro bien maquetado, y esperas que bien traducido, por un precio que yo considero más que justo. Pero a euro, a euro, al final va a ser mi ruina. Tiempo al tiempo.

Y en un ejercicio de tremenda responsabilidad, decidí que era mejor leerlo que dejarlo dormir el sueño de los justos en mi Ofelia (así se llama mi Kindle), de modo que dejé mi norma de leer lo más antiguo, si me apetece, y me decidí por leer las compras recientes.

Y no me arrepentí. 

Me gustó la novela, aunque debo decir que le encontré algunas pegas. La historia es fascinante, cómo eligen a Ender, que es un tercero, algo sumamente inusual, para un papel al que primero estaban destinados sus dos hermanos. Habla mucho de la psicología del personaje sin hablar de ella explícitamente, y te haces una idea del mundo cruel que rodea al personaje, el ambiente. Esas guerras con los insectívoros que han conseguido “unir” a todos los países en una sola coalición, que tiene aspecto de fuerte, pero que el tiempo demostrará que no lo es (como todas las coaliciones en política, por otro lado).

De modo que la historia es genial, es fuerte, tiene sólidos cimientos. Los personajes también. Todos son profundos y tienen su trayectoria, evolucionan con el tiempo. Pero es aquí donde más me ha chirríado. El protagonista es un niño cuando lo reclutan. Cinco o seis años, ya no recuerdo bien. Pero más que un niño parece un adulto en chiquitito. Es muy complicado escribir desde la perspectiva de una criatura de esa edad, o los haces parecer imbéciles, o son adultos embutidos en cuerpitos de cinco años, y aquí el autor optó por la segunda opción. Es un niño-adulto en un mundo diseñado por adultos y para ellos, y metido además en una guerra que no comprende. Pero a medida que crece el personaje también lo hace, y descubres que sí que es un niño, pero que no le dejan serlo, esperan de él grandes cosas, y él solo quiere ser un niño normal y corriente. 

Soy incapaz de expresar mejor, o de expresarlo de alguna manera, todo lo que la lectura de El juego de Ender me ha aportado. Es un libro que se lee en varios niveles, y que en cada uno de ellos te aporta aún más. Por ejemplo, hay una primera lectura que es en la que solo disfrutas de la historia, de la guerra, de la presión que ejercen sobre los niños y niñas que adiestran para luchar. Desde esa postura la disfrutas, pero si vas adentrándote en las capas que existen: la manera de hacer amigos, de hacer enemigos, el peligro que subyace en la psique de Ender, la presión a la que le someten, vas entendiendo más la psicología de todos los personajes y sus motivaciones, y lo que van a hacer a continuación. 

Es una novela compleja, pero para mi gusto, imprescindible.