domingo, 12 de marzo de 2017

Relato: Súper Héroes en el recreo


- Tú no puedes jugar. - Le dijo Rubén, con los brazos cruzados, a Paula.

Ella permaneció de pie frente a él, postura defensiva también. Se quitó un mechón de pelo de la cara y levantó la barbilla.

- Claro que puedo.

- No -, reafirmó Rubén. - Eres una chica. Las chicas no pueden ser súper héroes.

- Pues claro que pueden. - Ahora fue Paula quien cruzó los brazos. - Las chicas podemos ser lo que queramos.

Detrás de ellos se había formado un grupito de niños y niñas de su edad. Estaban disfrutando del recreo del colegio. Detrás de Rubén había otros tres niños, dos de ellos se evidenciaban a favor de no dejar jugar a Paula. El tercero, Thiago, no lo tenía tan claro.

- Sí que puede ser súper héroe, Rubén. Déjala jugar.

Rubén pareció pensárselo. 

- Está bien. Serás la chica a la que hay que rescatar.

Cogió del brazo a Paula, para llevársela al otro lado del patio, pero la niña se resistió.

- ¡No! ¡Yo también quiero ser súper héroe!

- ¡No puedes, eres una chica! ¡Las chicas no pueden ser súper héroes!

Paula frunció los labios y pegó una patada en el suelo, frustrada. Todos los niños y niñas que estaban en el patio, ya fuera atentos a la pelea o sin haberse percatado de ella, gritaron a la vez. La patada de Paula había provocado un terremoto que había movido hasta el tobogán.

- He dicho que sí puedo - habló la niña con los dientes apretados, y con un movimiento de manos, pareció acumular algo invisible que enseguida soltó contra el pecho de Rubén.

El niño cayó hacia atrás empujado por fuerzas que no podía ver, con la sorpresa aún pintada en la cara. En cuestión de dos segundos cambió la expresión por completo, sonrió de medio lado, y se levantó. Sacudió su camiseta, ahí donde parecía haberse golpeado, y se acercó caminando despacio hasta donde esperaba Paula.

- Escuadrón de la muerte - dijo, inclinando la cabeza hacia sus amigos - ¡En guardia!

Dos de los tres niños que estaban detrás de Rubén se colocaron a ambos lados de él. Pero Thiago no se movió. Rubén le miró directamente.

- ¿Qué haces?

Thiago miró al cielo, parecía meditar. 

- Tu bando no me gusta. - dijo -. Me voy con ella.

Y, de forma tranquila, se pasó junto a Paula, donde ya se habían posicionado Candela, en actitud defensiva, y Yasmin, algo más atrás, pero con la cabeza alzada altivamente.

- ¡Liga de la justicia! - gritó Paula - ¡Nos atacan los malos!

- No se dice malos. Se dice villanos -. Corrigió Candela.

Paula se encogió de hombros y puso los puños en modo defensa. Todos los niños y niñas que había preparados para luchar gritaron a la vez y se atacaron entre ellos.

- ¡Toma! Mi súper flecha envenenada te ha dado en la pierna - gritó Rubén.

- Mi escudo de fuerza mega invisible lo ha parado, súper malo. ¡Toma mi mega rayo flúor rompe dientes! - contraatacó Paula.

- ¡Flus! ¡Flus! ¡Flus! El súper spray anti villanos que mata arañas, cucarachas y moscones. ¡Estás muerto, súper villano! - Candela se había ensañado con David, que estaba en el suelo inmovilizado por la niña.

- ¡Yasmin! ¡Te he dado con el súper rayo mega malo que hace mucho daño! Te tienes que caer al suelo… 

Los demás habían dejado de atender sus juegos, llamados por los colores y sonidos que se escapaban de la lucha. En algún momento incluso tuvieron que esquivar rayos perdidos, que posiblemente les habrían quemado los zapatos. 

Rubén perseguía a Paula, que se había encaramado a la valla, gritando que estaba en su refugio mega secreto y allí no podía verla.

Yasmin se había recuperado del rayo mega malo, y ahora perseguía, pala en mano, a David, ayudada por Thiago, que se había quedado sin contrincante al haber huído acobardado.

Candela había cambiado a David por Aarón, y le tenía en el suelo, inmovilizado y haciéndole cosquillas. 

Las demás niñas y niños jaleaban, no se sabía bien si a favor o en contra.

De repente un trueno atravesó el cielo y llovieron gotitas de realidad que fue dibujando, de nuevo, su patio de recreo. Todos levantaron la cabeza a tiempo de ver a su profesora, Elena, dando palmadas y llamando al orden.

- ¡Vamos, chicas, chicos, a clase!

Paula miró a Rubén, en lo que fue un intento de levantar una ceja, pero que a sus cinco años se quedó bastante pobre. Bajó corriendo de la seguridad de la valla, y se puso junto a Elena.

- Profe…- Le dijo, llamándole la atención - ¿A que las niñas también podemos ser súper héroes?

Elena frenó su caminar y se agachó un poco para mirar a la cara a Paula.

- ¿Qué dices, cariño?

- ¿A que las niñas también podemos ser súper héroes?

Elena sonrió.

- Bueeeno… Súper héroes no -, hizo una pausa dramática que dejó en suspenso el corazoncito de Paula -. Nosotras somos súper heroínas, y claro que podemos serlo, en virtud de la igualdad. - Se levantó y cogió de la mano a la niña -. De hecho, hay muchas súper heroínas.

- ¿En la tele?

- En la tele, en los cómics, en los libros… Y hasta en la vida real. -Volvió a mirar a Paula y sonrió. - Aunque las de la vida real no tienen súper poderes.

Paula se giró, miró a Rubén que iba detrás suyo, y le sacó la lengua.

Volvió la vista al frente, alzó la barbilla, orgullosa, y entró en clase junto a su súper heroína favorita.

viernes, 10 de marzo de 2017

Mamá en apuros: los apuros en ginecología




Esta semana me ha tocado ir al ginecólogo. Diría que por rutina, pero la verdad es que no, ya que las visitas rutinarias hace tiempo que se pasan con la matrona en el centro de salud. No sé muy bien el motivo del cambio, tampoco cuestiono la profesionalidad de las matronas o los matrones, solo que me sorprende. 

Creo que es vox populi que el ginecólogo es a las mujeres lo que el dentista a la población general. Quien me conoce (y a quien no ya se lo digo yo) sabe que no me gusta hacer distinciones de género, y que me estoy transformando de feminista a feminista radical cada día que pasa, pero aquí debo decir que no encuentro una comparativa convincente para que cualquier hombre, que jamás ha tenido que visitar un ginecólogo y que jamás lo visitará, entienda nuestro reparo.

Para empezar, nos han criado socialmente para que no enseñemos nuestras partes íntimas. De hecho, ni siquiera las podemos nombrar. Está mal visto que digamos vulva o vagina. Para ello tenemos miles de palabras comodín para evitarlas: potorro, pipetilla, cosita, chirimiqui, o incluso, de una forma algo más grosera, coño. Aunque esta última se utiliza mucho en frases coloquiales para expresar que algo es aburrido o malo (esto es un coñazo, qué coño quieres). A MiniP intento enseñarle que, aunque está bien decir potorro, también lo está decir vulva, y es más acertado. Igualmente le intento enseñar que el pito, la pilila o la tota, se llama pene. Aunque yo prefiero decir polla, creo que es una palabra muy gruesa para ella.
El bolso chocho mandala, que ha creado la siempre genial @lola_vendetta, para mostrarle al mundo lo que siempre se ha tenido que esconder. De venta aquí.


El caso es que enseñar nuestra vulva está mal. Hasta debemos sentarnos con las piernas cruzadas, no vaya a ser que se nos intuya algo a través de la ropa. Miles de veces he tenido que escuchar, o más bien oír, por el caso que le hacía, que qué feo quedaba que una señorita se sentará espatarrada, como yo solía hacer. Siempre he odiado que me llamaran señorita. Yo no soy una señorita, solía contestar, y seguía espatarrada.

Pues está mal enseñar tu vulva, o hacer ver conscientemente que la tienes, pero un día llega el momento en que tienes que ir a ver al ginecólogo. Y ahí no vas a que te vean tu cara bonita, no. Vas a que te miren tu vulva, tu vagina y si hay ecografía de por medio, los ovarios, las trompas y todo el aparato reproductor. Y para eso, te tienes que desnudar, subir a una silla que parece muy simpática, y enseñarle tus partes en todo su esplendor al doctor o la doctora que esté en ese momento en la consulta.

A mí, la verdad, que sea ginecólogo o ginecóloga me da igual. Hay quien dice que prefiere a un hombre porque te trata con más delicadeza, pero yo no he notado diferencia. Sea quien sea quien te atienda, suele funcionar siempre igual:

Entras. El doctor o la doctora están tras un ordenador, y sin apenas mirarte a la cara te acribillan a preguntas. A mí con esto me pasa como en los concursos, que me pongo nerviosa y ya no sé si lo que he contestado es correcto o no.

-- Fecha de la última regla.

-- Uhhh, ufff, pues no sé, hará como un par de semanas.

El doctor o la doctora tuercen la boca.

-- ¿Tu última citología?

-- En un tiempo impreciso entre un año y dos. 

-- ¿No puede concretar más?

-- Noooo. ¿No debería tenerlo en la historia?

Ahí me mira fugazmente. Teclean furiosamente en el ordenador un rato, y yo miro los posters de la pared. Hasta el techo, si hace falta, con tal de no mirar hacia el potro.
El potro de la muerte. Vale, no era este el de la consulta, pero mucho no ha cambiado...


El doctor o doctora termina de teclear. Sin mirarme me indica que pase a quitarme pantalones y bragas y me siente en la silla. Ahí es cuando empiezan los sudores de la muerte. 

Paso tras una mísera cortina, donde hay una silla para dejar las cosas. Hago lo que me han indicado, es decir, me quedo desnuda de cintura para abajo, y tapándome disimuladamente camino despacio hacia la silla. La toco con un dedo, por si da calambre, y ante la mirada apremiante de la enfermera (no sé por qué, pero siempre son enfermeras, al menos las que yo he visto), me subo.

-- Pon los pies en los estribos.

Me entran ganas de decir que no, pero entonces no tendría razón de ser que estuviera allí en el médico. A veces hay que hacer cosas que no nos gustan, pero son necesarias. Trago saliva y pongo los pies en los estribos. Eso sí, las rodillas caen hacia dentro, como si pudieran tapar algo las pobres.

El doctor o doctora, mientras tanto, ha dejado de teclear, se ha puesto los guantes y se ha sentado en un taburete para quedar a la altura de mi aparato reproductor. Con firmeza me sujeta de una rodilla y me pide que abra más las piernas, aplicando un poco de presión para intentar llevarme a su terreno. Yo, que necesito un poco de cariño, me rebelo y hago fuerza en dirección contraria, en un duelo que ya sé perdido. Al final cedo, antes de ver la cara de ceño fruncido que probablemente asomaría por entre mis piernas, y dejo caer las rodillas hacia el exterior. Pero lo peor aún no ha empezado.

-- Baja.

-- ¿Qué?

-- Baja.

Me están pidiendo que baje más en la silla, si ya casi estoy con el culo fuera. 

-- Más.

Saco más el culo. Casi estoy en el aire.

-- Esto está frío.

Y me meten una cosa fría, de repente y hasta el fondo, sin posibilidad de réplica. Que digo yo, si no lo van a hacer con delicadeza, ¿para qué preguntan? ¿Para regocijarse en la impresión ajena? Toquetea, mira, le siento hurgar por mis bajos, y yo estoy en una posición que me indigna. Casi literalmente.

¿Quién inventaría los potros de ginecología? Juraría que no han cambiado nada en siglos. Entiendo que la postura es cómoda para los profesionales, pero, ¿alguien ha pensado en los pacientes? Porque os aseguro que estar un rato con el culo fuera, haciendo fuerza con las piernas para no escurrirte aún más y acabar ahogando al doctor o a la doctora, a quien toque, con la fuerza de tu vulva, no es nada cómodo. Por no decir que atenta contra la dignidad humana. Y ya puestos, contra la divina también.

Me entraron ganas de hacerme inventora para inventar una silla que fuera más cómoda, más amable. No sé, al menos que nos masajeen la espalda mientras estamos ahí subidas, intentando no pensar en si de verdad te están mirando el cuello del útero o es que te están pintando un cuadro abstracto, de todas las pinceladas que sientes…

El caso es que no sabría ni por dónde empezar a inventar, de modo que solo me ha quedado el recurso de las tristes: la pataleta. 

Y volver las veces que hagan falta, ya que con la salud no se juega. Pero la próxima vez me llevo el ipod, un libro o me pongo una serie en el móvil, a ver si poniendo mi atención en otra cosa me relajo más y se me pasa antes el mal trago. Y al doctor, o doctora, si no les gusta, que se aguanten, que la que tiene que estar espatarrada ahí arriba soy yo, no ellos…



lunes, 6 de marzo de 2017

Kilo arriba, kilo abajo de Perra de Satán




Sinopsis (contraportada): ¡Joder! Esta es la mejor novela que he leído en mi vida. Trocito de tarta de tres chocolates. La Perra de Satán esta me parece una tía de puta madre, ojalá pudiera conocerla. Trocito de tarta de tres chocolates. Qué mala leche la tía, me he partido el culo. Aunque igual lo de santiguarse cuando ve pasar al Cristo es un poquito fuerte. Trocito de tarta de tres chocolates. Pero vamos, que cuando se tiene el horcate caliente, todo agujero es trinchera, yo la entiendo. Ojalá haya segunda parte, porque me he quedado con ganas de más. Trocito de tarta de tres chocolates. ¡Anda que con lo que le gusta comer, cómo se le ocurre ponerse a dieta! Le pasa lo que a mi, a la pobre, que habiendo tarta cerca cualquiera se pone a pensar en salud y belleza. Trocito de tarta de tres chocolates. Además, la belleza es un invento capitalista, Trocito de tarta de tres chocolates. ¡Coño, se me ha acabado la tarta! Qué poco dura lo realmente bueno, por eso esta novela es tan corta.


Este es uno de tantos libros que me presta mi hermana, la anteriormente conocida como Lady Boheme, esa que solía tener un blog y ahora solo tiene unos (miles de) apuntes. Es lo que tiene hacerse opositora, que pierdes calidad de vida y vida misma...

El caso, es que me lo dejó en casa de mi madre y de ahí lo cogí yo, intrigada, por el título de la novela (no es que sea muy intrigante, pero que me llamó la atención) y por el nombre de la autora. Perra de Satán. Toma ya. 

Y comencé a leerlo enseguida. Son de estas cosas que pasan, que tienes libros en tu estantería que esperan años (también prestados, que tengo una sección en mi biblioteca solo para libros de mi hermana) y luego te encuentras con uno que te llama y te lo lees enseguida. Así es la vida de la lectora.

También es verdad que necesitaba cosas frescas, fáciles de leer y sencillitas, para dejar atrás la racha de lectura lenta que venía teniendo desde el último trimestre de 2016, y este tenía precisamente esa pinta. La portada morada con la preciosa ilustración, a cargo de Ana Belén Rivero, de una chica inflándose a pasteles, la contraportada con una vaca flaca con bragas que le quedan grandes, las letras razonablemente grandes (tampoco nivel se ve desde la ventana de enfrente, pero grandes), capítulos cortos. Lo único que no me gustó mucho fue la textura del papel, que es demasiado satinada…

Y enseguida me puse a leerlo. Y enseguida lo terminé. Un día, concretamente, tardé en leerlo. Así me gusta acabar con las rachas malas de lectura, con libros que me duren un suspiro. Y entre medias, diversión.

La novela es divertida. Te cuenta en primera persona las vicisitudes de una chica gorda que se pone a dieta, y pierde kilos, fuelle y hasta buen humor. Entre tanto le pasan ciertas cosas, todo ello contado de forma divertida. El formato es tipo blog: entradas cortas, que no necesiariamente continúan el capítulo anterior, pero sí que tienen coherencia temporal. 

El estilo es muy dinámico, muy fresco, divertido. Tiene un gran sentido del humor, y sabe contar las cosas de manera atrayente y atrapante. Me gustó mucho, la verdad. Lo disfruté y hasta saboreé la tarta de tres chocolates, la preferida de la protagonista.

Cuando cogí el libro no sabía nada de ella, pero ahora sí. Enseguida la busqué en las redes, y la sigo ahora por Facebook. ¡Si hasta la he visto en la tele! En el programa de First Dates, donde la emparejaron con un canto rodado que no le llegaba ni a la suela de los zapatos. Eso sí, ahí pude apreciar que la frescura y la locura son de ella, de serie, no impostadas para el libro. 

Lo recomiendo para todos los públicos mayores de edad, eso sí. Para gordas y gordos, flacas y flacos, los que están en proceso de adelgazar o engordar y para los que les apetece echarse unas risas. Por cierto, en el libro explica el porqué de su pseudónimo, o al menos una versión del motivo. Ya solo por eso merece la pena leerlo…

viernes, 3 de marzo de 2017

Mamá en apuros: MiniP escritora (y yo soy Julio Iglesias)



MiniP tiene ya 6 años y no hay día que no me sorprenda. Es una niña muy despierta. Nació con los ojos abiertos, porque ya quería ver el mundo donde había ido a parar. Miraba todo con sus enormes ojos, medio ciegos, pero ya abiertos a los estímulos. Además, ha desarrollado mucha imaginación. Y digo bien, desarrollado, porque cuando era más bebé no imaginaba tanto. Exploraba, buscaba, jugaba, pero no inventaba tanto como ahora.

El otro día entré en su cuarto y me dijo: mamá, he escrito una historia. Y, efectivamente, en su pizarra, había escritas varias líneas, conformando una pequeña historia. Su primera historia. Babeé hasta inundarle a la vecina de abajo.

Porque qué mayor orgullo puedo yo tener que el que mi hija quiera seguir mis pasos en esto de escribir. Qué mayor orgullo que poder trabajar algún día juntas, que enseñarle los trucos que he ido aprendiendo con los años, que corregirle o encauzarla en alguna historia que se haya quedado atascada.

Pero como la vida apremia, y las extraescolares no esperan, aquel día no le pude dar muchas más vueltas. Le hice una foto a la pizarra (para que perdurara siempre), y seguí con el trajín.

Mi cabeza, sin embargo, no coge vacaciones ni horas libres. Y le da sola al molinillo ese de pensar que debo tener ahí dentro. Y debe ser que me hago mayor, porque empiezo a recordar cosas que me pasaban hace 20 años, cuando era una jovencita. Y lo malo aquí es que hace 20 años era una jovencita, no una niña, como pasaría si tuviera la edad que digo cuando me preguntan… 

Como saben los que leen este blog, yo escribo por vocación desde que tengo uso de razón. Quizá por eso también me gusta que mi hija tenga esas inquietudes. El caso es que ahora que tengo una edad (más de veinte y menos de cuarenta, y concreto hasta ahí), he pasado por una época en la que me daba vergüenza decir (confesar) que escribía. ¿Por qué? Pues por muchas cosas. Primero de todo porque la gran mayoría de la gente reacciona mirándome como si me hubiera salido de repente un champiñón en mitad de la cara. Luego se deben dar cuenta, ponen una sonrisita falsa, y preguntan: ¿y qué escribes? A veces, depende de a quién, me apetece decirle: palabras. 

Y luego hay otro motivo, pero no sé cómo explicarlo para que no parezca que soy una miserable. No hay manera, es que soy una miserable. 

El caso es que, cuando era una joven, entusiasta y aguerrida persona, me daba igual contarle al mundo mi idilio con la escritura. Era tan parte de mí que era casi imposible ocultarlo. Siempre, y cuando digo siempre quiero decir siempre, llevaba encima mi cuaderno y mi pluma con la que siempre escribía. Todo tipo de historias, todas ellas cortas. Según se me pasaba por la cabeza una idea la escribía. Tenía todo el tiempo del mundo y me gustaba pasarlo así.

"Érase una vez una clase y un día llegó un rayo y atacó a la clase y la profe murió pero los niños y niñas sobrevivieron. FIN"

Entonces, conocía a alguien, nos hacíamos amigos o amigas, y pasábamos tiempo juntos. He pasado muchas tardes escribiendo junto a alguien, que también escribía. A veces parábamos para contarnos algo, otras nos leíamos lo que habíamos escrito, lo habitual. Pero no siempre conocía a gente que escribiera, hay de todo en la viña del señor, y aunque siempre me ha gustado la gente con algo dentro de la cabeza, más que nada por aquello de que tengan conversación más allá de qué bonitas son unas cortinas, no necesariamente debían tener relación con la palabra escrita.

Pero esto de escribir debe ser contagioso. Porque me ha pasado infinidad de veces, conocer a alguien que en principio no escribía, en algunos casos hablo de personas que ni siquiera leían, y al poco de juntarse conmigo enseñarme orgullosos (u orgullosas) su obra maestra. Pero sin vergüenza ninguna, que te enseñaban lo que creían que sería el próximo Quijote, cuando no habían juntado dos palabras seguidas ni en una carta.

Esto me ponía negra. Sí, porque me sentía como si me infravaloraran. Como si ningunearan mi pasión, que es escribir, y me intentaran demostrar que es algo que puede hacer cualquiera. Pues sí, cualquiera puede sentarse y escribir frases, pero no cualquiera puede hacer que tengan sentido, coherencia y que, además, entretengan.

Aunque eso está al alcance de pocos, no me incluyo, pero sí que tengo cierta, digamos, pericia. Ya sea por lo que leo (por favor, impensable ponerse a escribir si ni siquiera lees), o por los años que llevo dedicados a la escritura, algo habré aprendido, digo yo.

Entre medias de este recuerdo, se me coló Julio Iglesias. Sí, no me he vuelto loca, el mismo Julio Iglesias que inunda los memes con “y lo sabes” y tiene más hijos que camisas. Pensé en Julio Iglesias enfrentándose al hecho de que su hijo es más famoso que él ahora mismo. Pregúntale a cualquiera, mayor o pequeño, quién es Enrique Iglesias. Todo el mundo lo sabrá. Lo de Julio lo dejamos para mayores de cierta edad, o alumnas aventajadas como yo, que no me tocaba saberlo, pero como escucho mucha música (ejém, ejém…) Este hecho parece ser que Julio Iglesias no lo lleva muy bien, y dicen los rumores que no se habla con su hijo. Y pensé: ¿y si esto me pasa a mí?

Porque, ¿y si resulta que MiniP destaca muchísimo más que yo en la escritura? Me va a dar envidia, lo sé, que soy una mala persona. Y voy a dejar de hablar a mi hija porque todo el mundo pensará (equivocadamente) que es mejor escritora que yo… Entonces tendremos una guerra mediática e iré a los platós de la televisión a decir lo mala hija que fue que además me salió una estría en el embarazo… Vaya dramón.

Enseguida dejé pasar los malos pensamientos. Son cosas que me trae el molino que tengo en el cerebro, lo recoge todo, pero no todo se queda. Estoy orgullosísima de mi hija, le dé por escribir o no, y la querré siempre decida lo que decida.

Eso sí, y para que conste, si algún día es mejor escritora que yo será por todo lo que yo le enseñe. ¡Agradécemelo, mundo!

lunes, 27 de febrero de 2017

VESTIGIOS. SILO 3, de Hugh Howey




Sinopsis: Todo principio tiene un final

En Espejismo entramos por primera vez en el Silo, con Desolación descubrimos la historia de su creación y en Vestigios seremos testigos de su caída. La tercera y última entrega de las Crónicas del Silo recupera a su protagonista Juliette y da respuesta a todas las incógnitas que quedaron sin resolver en las dos primeras entregas.



Como esta es una tercera entrega de una trilogía, puede que haya información que no debas saber si no has leído antes las dos primeras entregas.




Por fin me puse manos a la obra a leer la tercera parte de las crónicas del Silo. Lo descubrí por casualidad, estaba a 0 euros la primera parte del primer libro de la trilogía y me enganché sin remedio. Luego descubrí que había continuado la historia, y me leí el segundo, que fue más decepcionante. Por eso dejé reposar para leer el tercero.

Debo decir que me ha gustado más que el segundo, pero menos que el primero. Ninguna de las secuelas llega al nivel de la primera parte, pero en nivel global. Ni en historia, ni en narrativa. En personajes sí, ahí no pongo ninguna pega.

Pero, aunque ya digo que no supera la primera parte, le doy un aprobado alto. La narración es sencilla, tercera persona, alternando puntos de vista entre los protagonistas, lo que le da velocidad y vidilla a la lectura. Los personajes son todos con caracteres muy marcados, perfilados, profundos. Tienen su motivación, y en los escenarios en los que les ponen casi al límite, reaccionan con coherencia. Ninguno sorprende porque se salga de la tangente, cada cual lleva su línea y la mantiene.

Con respecto a la historia, es el final del Silo, para bien o para mal. He sufrido mucho, junto con Jules, pero el desenlace ha sido apropiado. Correcto. Creo que cualquier otro final le habría quitado puntos a la trilogía, pero con este ha acertado. Alguna casualidad de más, pero escasa y perdonable. Por lo demás, genial.

Valoro el conjunto de la trilogía porque este Vestigios no se podría entender sin haber leído los dos anteriores, y es una valoración positiva. Es una distopía más que aceptable, te habla de un mundo subterráneo donde los que viven allí no han conocido otra cosa por generaciones, y casi lo sientes, vives allí. Respiras ese oxígeno recirculado y comes vegetales de las granjas hidropónicas. El autor ha sabido recrear toda una sociedad estamentaria, acomodada y que se conforma con sobrevivir, aunque sea abajo. Claro que cualquier esbozo de revolución se ve solventada inmediatamente, la muerte como castigo. No pueden permitirse preguntas incómodas, les llevaría a la extinción.

El segundo libro, Desolación, ya digo que es el que menos me gustó, pero que es necesario para entender el resto de la trama, para saber cómo acabó la humanidad enterrada y resulta imprescindible para el desenlace.

Lo recomiendo para los que gusten de ciencia ficción y distopía. Ya sé que son dos géneros distintos, aunque a veces vayan acompañados el uno del otro, como ocurre aquí.

viernes, 24 de febrero de 2017

Mamá en Apuros: Carnavales, mamás alfa y Bridget Jones



Sé perfectamente que no fue en Bridget Jones, pero sé que lo leí en un libro del género. Y como cuando pienso en lo desastre que soy, me viene a la cabeza el nombre de Bridget, pues la he utilizado a la pobre. Por eso, porque con mi memoria de Dory no me acuerdo ni de lo que comí ayer, y porque, para qué negarlo, seguro que con el nombre de Bridget Jones en el título obtengo alguna visita de más…

En el primer capítulo del libro que os digo, la protagonista, madre trabajadora, está a las dos de la mañana o así machacando con esmero unas magdalenas, con el objetivo de hacerlas parecer caseras. Todo por pasar ante las otras madres, las madres alfa, como una más de ellas, y no como el desastre que se siente, por tener que trabajar, por abandonar a su familia. Esas madres alfa, madres perfectas, que habían hecho lo que debían: dejar sus trabajos, su vida anterior, por cuidar de sus perfectos hijos e hijas.

Pues yo hoy me he sentido identificada con esa escena. Y no, no estaba machacando magdalenas a las dos de la mañana, pero me he puesto el despertador a las seis para terminarle el disfraz a MiniP.

Resulta que son los carnavales. Qué bonitos, los carnavales. Qué color, que música, qué disfraces. Con el espíritu carnavalero en todo lo alto, me vine arriba cuando MiniP sacó la nota del disfraz que debía llevar para el cole. Iba de vaca. Sencillo. Eso lo hago yo en un pis pás. Soy una madre que puede con todo.

Pero la vida te come. El tiempo acelera sin que te des cuenta y pasa una semana, y has comprado la tela. Bien. Pasan dos días y AbuelaT se ofrece a cortarte el patrón y dejártelo para chutar. Genial. Pero te llevas esos patrones que más que para un disfraz parecen para un traje de noche, y te pones a coserlos. Estás a miércoles, porque el lunes has ido a la biblioteca, y luego al parque, que cualquiera desaprovecha el buen tiempo, que últimamente el sol se prodiga poco. El martes MiniP tenía baile, y claro, cualquiera la lleva a casa después, si no hace frío y los amigos se quedan a jugar. Venga. Pues el miércoles. Me pongo en el comedor con mi mini máquina de coser y me pongo al lío. Primero los pantalones. Los coso sin problemas, la verdad es que AbuelaT los ha dejado para chutar. Bien. Me falta la goma, pero ya la cojo. Termino con los pantalones y me pongo con la sudadera. El chaleco se me da bien, las mangas por separado también, pero empiezo a tener problemas cuando quiero unir ambos.

Y el tiempo ha vuelto a echárseme encima. Son las cinco, y a y media nos tenemos que ir a un cumpleaños. ¿Por qué la vida social de mi hija es más activa con seis años que la mía en los treinta y ocho que llevo de vida? Uff, no lo pienses, Pi, sigue cosiendo, sigue cosiendo… 

Pero no puedo seguir cosiendo. No soy capaz de encarar las mangas. Me tiro un buen rato que parezco Pepe Viyuela con su gag de la silla. La muevo para arriba y para abajo, pensando que no puede ser tan difícil, que algo se me está pasando. Menos mal que no me he lanzado a coser a la primera que la he encarado, porque me habría encontrado con un problema, si coso de aquí no le puedo dar la vuelta… Vaya tela, y nunca mejor dicho. Las cinco y media. Mañana sigo.

Llega el jueves y no me había acordado. ¡Es el día de la tortilla! Tengo una reunión infinita en el trabajo, por lo que se me fastidia salir pronto, y luego había quedado con otras mamás del cole para irnos al campo a comer tortilla y pasar la tarde. Parece que chispea y pienso: “bien, así me da tiempo a hacer el disfraz”, pero no, es una falsa alarma. También, en lo que pasa por ser el peor pensamiento de lo que llevo de maternidad, se me pasa por la cabeza que como MiniP anda medio mala, lo mismo por la noche tiene fiebre y me ahorro el disfraz, porque si está mala la dejo en casa. Pero no pasa de tener una tos horrible… 

Llegamos del campo, madre e hija, reventadas. Y lo de MiniP lo entiendo, no ha parado de correr, saltar, coger ramas y de jugar con la pelota en toda la tarde, pero yo he plantado el pandero en la silla del decathlon y de ahí no me he movido para casi nada… Será el aire del campo, el runrún del río, el caso es que a las diez de la noche estoy demasiado cansada como para ponerme a pensar si quiera en coser o en hacer las manchas de vaca. Mejor lo dejo para mañana, y así veo la evolución de MiniP durante la noche, que nunca se sabe…

Y así es como he llegado a plantearme que soy Bridget Jones. Las seis y media (primero he desayunado), la máquina de coser encima de la mesa del comedor y la luz a medio gas para no despertar a la pajarita, que en cuanto le da la luz se pone a piar como un cuervito. Y ahí plantada frente al puzle que supone para mi colocar una manga en un jersey es cuando han empezado mis dudas:

¿Por qué hago esto? ¿Quiero demostrar algo a las madres alfa? Es altamente improbable, paso bastante de la perfección (claro que sí, guapi). Sufro, porque le podía haber comprado un disfraz de los chinos, insulso, sí, igual a todos los demás, también, pero me había evitado problemas. ¿O tal vez es por autocastigo? Como no solo no he abandonado mi trabajo por cuidar a mi hija, además, intento tener mis ratos para ir a correr, para escribir, o para echarme en el sofá y descansar… 

Mágicamente he descubierto el misterio de la manga y, como si lo hubiera cronometrado, he terminado de pegar las p*** manchas justo a tiempo para vestirnos y llevar a MiniP a desayunos. Hoy no la podía dejar a las 9 porque tenía una cita, pero como pagamos el servicio los primeros del cole, no hay problema.

Hasta que lo ha habido. 

Le pongo el disfraz, con una camiseta debajo. Pero era verde y destacaba demasiado sobre el blanco. No pasa nada, he buscado una negra y se la he cambiado, pero con la mala suerte de que, al quitarle la camiseta hemos tenido un accidente. 

Estamos pendientes de un paleto, que se le está cayendo. Lo tiene medio separado ya de la encía, pero en un lado aún se aferra fuerte a la carne. Pues no sé cómo ha sido, que la camiseta se le ha enganchado en el diente y por poco se lo arranca. Pero ha faltado un poco.

Ahí hemos tenido un drama, que me siento orgullosa de cómo lo he capeado. Ella lloraba, la pobre, y lo primero ha sido calmarla con mimitos. Luego hemos ido a enjuagar. He probado a ver si me dejaba tocarle el diente, para terminar de sacarlo si era factible, pero se negaba en redondo, de modo que no he insistido. Y gracias a eso al final hemos salido de casa. Tarde, con los mismos dientes en la boca, pero vestida de vaca y con tiempo suficiente como para que le diera tiempo a desayunar (o eso esperaba).

Creo que a partir de ahora me voy a relajar un poco. Voy a reconocer que no puedo con todo, y que si hay que hacerle un disfraz, o se lo hace la abuela, o se lo compro directamente, que tampoco me van a llevar a la cárcel por ello.

lunes, 20 de febrero de 2017

Reseña: Entre tonos de gris, de Ruta Sepetys



Sinopsis: El conmovedor testimonio de una adolescente que quita el aire, captura el corazón y revela la milagrosa naturaleza del espíritu humano.

Junio de 1941, Kaunas, Lituania. Lina tiene quince años y está preparando su ingreso en una escuela de arte. Tiene por delante todo lo que el verano le puede ofrecer a una chica de su edad. Pero de repente una noche, su plácida vida y la de su familia se hace añicos cuando la policía secreta soviética irrumpe en su casa llevándosela en camisón junto con su madre y su hermano. Su padre, un profesor universitario, desaparece a partir de ese día.A través de una voz narrativa sobria y poderosa, Lina relata el largo y arduo viaje que emprenden, junto a otros deportados lituanos, hasta los campos de trabajo de Siberia. Su única vía de escape es un cuaderno de dibujo donde plasma su experiencia, con la determinación de hacer llegar a su padre mensajes para que sepa que siguen vivos. También su amor por Andrius, un chico al que apenas conoce pero a quien, como muy pronto se dará cuenta, no quiere perder, le infunde esperanzas para seguir adelante. Este es tan solo el inicio de un largo viaje que Lina y su familia tendrán que superar valiéndose de su increíble fuerza y voluntad por mantener su dignidad. ¿Pero es sufi ciente la esperanza para mantenerlos vivos?



Fue hace un par de años, creo. Fuimos a la Feria del Libro de Madrid, y la verdad es que iba un poco desanimada, con pocas ganas de comprar. Supuestamente no firmaba nadie que me interesara especialmente, y que estaba en uno de esos días en los que no te apetece nada. Junio, calor, pocas ganas lectoras…

El caso es que, paseando, me encontré con que la autora, Ruta Sepetys, estaba firmando sus libros, y además, no había gente esperando. Ella en realidad estaba presentando otro, pero yo había leído sobre este Entre tonos de gris, mis referentes en esto de la literatura lo ponían bien, pero no sabía si me iba a gustar o no. Lo que tuve claro tras charlar un poco con ella es que un libro me iba a llevar, eso seguro. Y cogí Entre tonos de gris, en edición bolsillo, que yo para eso nunca he sido escrupulosa.

Recuerdo a Ruta Sepetys como una señora amabilísima, que me preguntó por el nombre de mi hija, me sonrió en todo momento y que fue simpatiquísima. Eso sí, nos comunicamos en mi inglés macarrónico, pero nos apañamos. Fue algo breve, pero fue de esas personas que te dan buenas vibraciones.

Total, acabó el día, y yo llevaba en la bolsa cuatro libros. Tres para mí, uno para MiniP, los cuatro firmados, que es el mayor objetivo que tengo cuando voy a la feria del libro.

Pero como los lectores somos así, el pobre libro estuvo durmiendo en mi estantería, en la zona de “libros por leer”, que aumenta por momentos, hasta que este diciembre, a últimos, que no tenía nada para leer (nunca tengo “nada” para leer al igual que nunca tengo “nada” para ponerme…) lo elegí. Mal hecho. Lo tendría que haber dejado para unos días en los que no hubiera que celebrar felicidad y esas cosas que pasan en Navidad, porque la novela me dejó un cuerpo como para bailar jotas.

Lo leí enseguida. En cuestión de tres días lo había devorado, pero no salí indemne de la lectura.

La historia está narrada en primera persona, por Lina Vilkas. Es ella la que nos va contando, desde su visión de niña de 16 años, lo que le sucede a ella y a su familia. Comienza la historia cuando un día llega a casa y se encuentra a su madre rompiendo la porcelana. Una porcelana que hasta entonces había cuidado con mucho esmero. Lina no entiende nada, pero su madre no tiene tiempo para explicaciones: la exhorta para que recoja sus cosas lo más rápido posible. Enseguida llegan los rusos, que los sacan de su casa de malas formas y los llevan a una estación de tren en un camión descubierto. Allí se encuentran con los demás compañeros de viaje.

Lina no entiende nada, pero escucha lo que dicen los mayores, y va atando cabos. Poco a poco. Muy poco a poco. Nos cuenta su viaje cruento hasta Siberia, y lo que padecen en el trayecto y cuando llegan al destino. No todos llegan, no todos sobreviven hasta el final.

Es un relato muy duro de la invasión soviética a los países bálticos. Esto es lo que no se estudia en los libros, lo que el miedo al comunismo nos vetó. Nos vendieron a los rusos, comunistas, como diablos con rabo y cuernos, pero no nos contaron por qué. Tendrían que haberlo hecho. No sé si fue porque a Hitler se le venció, y el horror supremo que supusieron los campos de concentración nazis eclipsó cualquier otra barbaridad cometida por el otro país, el caso es que a Rusia se la dejó tranquila tras el telón de acero y nadie quiso sacar a la luz lo que habían hecho.

Tengo compañeras de trabajo de Ucrania, de Polonia y de Rumanía, como casi todo el mundo actualmente, y fue de ellas de quien primero escuché la historia de cómo Rusia había invadido sus países. Llegaron a las casas, en Letonia, Ucrania, Polonia, y esos países que se llamaron “satélites” y que recuperaron sus nombres cuando cayó la URSS, sacaron a la gente que allí vivía y se la llevaron. En su lugar llegaron rusos, fieles al régimen (cualquier atisbo de rebeldía era rápidamente sofocado con la muerte) que ocuparon esas casas, se hicieron dueños de los enseres, la ropa, la vajilla que hubiera y hasta usurparon los apellidos. 


La gente que se llevaron las trasladaron a Siberia, a campos de trabajo, y los trataron como despojos humanos. Como los nazis trataron a los judíos. Igual. Les denigraron por ser originiarios de su propio país, por tener una cultura y por aferrarse a ella. Los que tuvieron suerte sobrevivieron. Pero no creo que fueran muchos.

Los que menos suerte tuvieron los embarcaron en grandes navíos y los llevaron al mar. Y allí los dejaron. Tiempo después, volvían a por el barco. Así no podían decir que los habían matado: se habían matado entre ellos o habían muerto de hambre. 

Todo esto nos lo cuenta Ruta Sepetys también en su novela, a cargo de Lina, en una prosa sencilla pero que te atrapa desde la primera línea. Cuenta el horror, y cuenta la muerte, pero sobre todo cuenta cómo sobrevivieron, día tras día buscando conservar la humanidad que quisieron quitarles.

La historia de la humanidad está plagada de horrores. De crueldad. Me da igual que fueran los nazis aniquilando judíos, los rusos sometiendo naciones, o los argentinos tirando gente contra el régimen de los aviones. Somos crueles y no valoramos al prójimo. No valoramos la vida. Y así nos va.



El libro, volviendo al tema, lo recomiendo, aunque para temporadas en las que estéis fuertes de ánimo, porque te toca la fibra.