viernes, 19 de mayo de 2017

Mamá en Apuros: El día de la familia




Como MiniP ya pasó a primero de primaria, hay muchas cosas que han cambiado con respecto al año pasado. Una de ellas es que ya no tenemos regalos del día de la madre ni del día del padre. En lugar de eso hacen el día de la familia.

Hay mucha controversia por este tema. Yo puedo entender la diversidad y el respeto hacia todo tipo de familias, de hecho educo a MiniP para que sepa que nuestro modelo (mamá, papá e hija) no es el único ni tiene por qué ser el “normal”, pero mentiría si dijera que no me molesta quedarme sin collar de macarrones en el día de la madre. Soy una materialista, lo sé.

Pero mandaron circular del cole que tal día se celebraría el día de la familia y que todo aquel o aquella que quisiera colaborar con una lectura de cuento, una manualidad o lo que se le ocurriera bienvenido sería. 

Al principio no le hice mucho caso porque como estaba recién operada (lo tengo pendiente de contar), y hasta arriba de calmantes pues no me apetecía mucho pensar. Y por apetecer se puede entender que me resultaba un poco imposible. Siempre he tenido mala cabeza, pero la falta de concentración que me da el enantium no es normal. Ahora, también es verdad que así soy mucho más feliz, estilo Homer Simpson, que me pongo a imaginar mi país del chocolate y a dar saltitos por la calle pegando bocados a perros de chocolate… (Hummmm… Chocolaaaateeeee).



Pasados unos días (avisaron con mucho tiempo de antelación), volví a ver el papelito de la circular (lo pegué en la nevera, para recordarlo) y se me encendió una bombilla. ¿Por qué no les escribía un cuento en el que aparecieran los niños y niñas de la clase de MiniP? ¡Ja! Genial idea.

Hablé con la profesora de MiniP, y le dije que quería contar un cuento en el día de las familias, pero necesitaba saber si el evento era para una clase solo o para las dos. Le conté mi idea, pero es lo que le dije: no voy a contar un cuento para veinticinco niños y niñas y dejar a otros veinticinco con la cara como un poema porque a ellos no se les ha nombrado. Me dijo que lo consultaría con la otra profesora y que me diría algo.

Al día siguiente, al recoger a MiniP del colegio me llamaron las dos tutoras. Me acerqué a ellas con un nudo en la garganta: eran dos contra una y encima yo no estaba en mi mejor momento, operada como estaba. Pero no querían nada malo, tan solo proponerme una opción: ¿no podría incluir a los cincuenta niños y niñas en el cuento? En un arrebato de valentía acepté. Les pedí una lista con los nombres y una cualidad que más o menos les describiera y lo haría. La lista me la mandaron al día siguiente. Ya tenía todo lo que necesitaba para empezar.

Eso fue un martes, y tendría que leer el siguiente lunes. Tiempo de sobra para hacerlo.

Además, iba a hacer un poco de trampa, ya que tenía un cuento que escribí hace muchos años para el hijo de mi amiga, que leyó en su clase de la guardería (imaginad si hace años que el niño en cuestión está en el último curso del colegio), pero yo pensaba que sería quitar unos nombres y poner otros y no. Porque se me había olvidado que la primera versión era para niños más pequeños y porque tenía que meter a cincuenta niños en lugar de diecinueve. Pero sin miedo, yo podía con ello. Hasta con calmantes.

El miércoles busqué el cuento. Lo encontré.

El jueves estuve muy cansada todo el día y no pude encender el ordenador.

El viernes encendí el ordenador, pero para escribir el post de mamá en apuros que tocaba publicar ese mismo viernes. Siempre on the limits.

El sábado estábamos los tres en casa (papá, mamá y MiniP), y estuvimos procrastinando en familia. Ya sabéis, familia que procrastina unida permanece unida.

Imagen de aquí


El domingo me empecé a poner nerviosa. No había reescrito ni una sola palabra. Madre mía. Y la lectura sería el lunes. Más me valía ponerme las pilas.

Por la mañana no hice nada, salvo salir a dar un paseo.

Por la tarde Papá en Apuros se llevó a MiniP con la bicicleta y aproveché para quedarme tranquila en casa y escribir el cuento. La verdad es que se me dio bien (es cierto que lo tenía escrito casi todo, pero añadí partes y tuve que incluir a los cincuenta niños), y casi había terminado cuando llegaron Papá en Apuros y MiniP del parque. Lo terminé, lo repasé y lo di por bueno.

Ya solo quedaba imprimirlo.

Ups.

Resulta que el ordenador de mesa había decidido fallarnos un poco y no encender. Parece ser que es cosa del botón de encendido. Pero es que, además, la impresora no tiene tinta. Aunque quisiera conectarla al portátil no imprimiría nada más que algunas líneas en negro (nota mental: comprar tinta de impresora). Bueno, no pasa nada, lo llevo a una copistería antes de subir a la clase y punto. Miré por internet el horario y resulta que la copistería abría a las diez. Yo había quedado con las profesoras que subiría a las 9:15. Mierda.

Plan B. Tenía que buscar un plan B, pero los calmantes no me dejaban discurrir. Fue Papá en Apuros quien me solucionó la papeleta.

— ¿Por qué no te llevas el portátil?

Ah, jolín, qué buena idea.

Pues me llevé el portátil.

Ese día Papá en Apuros no trabajaba por lo que pudo acompañarme. Subimos a la clase según se iba la fila y la profesora nos recibió con una gran sonrisa. A MiniP se le iluminó la cara al vernos a los dos allí (me sentí más que recompensada con eso), y todos sus compañeros se revolucionaron un poco.

Mientras venían los compañeros de la otra clase su profesora nos comentó que éramos los ÚNICOS padres que se habían ofrecido a hacer algo el día de la familia. Y no lo entendí. 

Porque, a ver, es verdad que no ha habido mucho feeling con las tutoras este año. Que ha habido muchos desencuentros y que no hemos (por ambas partes: padres y profesoras) conseguido un acercamiento real. Pero el día de la familia no era para contentar a las tutoras, sino para ilusionar a los peques. Tan solo ver la cara de ilusión que puso mi hija (y sus compañeros) cuando entramos en la clase merecía la pena cualquier esfuerzo que se hubiera hecho. Aunque, como he explicado arriba, mi esfuerzo se limitó al día anterior, pero puedo decir en mi descargo que vivo drogada.

Me pareció una pena que de cincuenta niños y niñas (¡50!) solo hubiéramos acudido la familia de una de ellas. Pero, aparte de la pena que me dio, de repente me cayó (porque yo quise echármela encima, todo hay que decirlo) una responsabilidad: que disfrutaran con el cuento.

Me cogí la silla de la profesora, ya que no aguanto mucho de pie, y menos con el ordenador en la mano, y encendí el ordenador. Busqué el pdf que había creado con el cuento, y como mi portátil es un convertible lo puse en modo tablet: la pantalla gira 360 grados y además es táctil. 

Me senté y comencé a leer. Los nervios se apoderaron de mi y al principio me temblaba la voz. Tuve que respirar hondo para procurar serenarme, porque estaba viendo que me desconcentraba y no acertaba con las palabras justas. Casi como un milagro lo conseguí, les conté el cuento entero y por lo que pareció les gustó mucho. 

Papá en Apuros me informó que cuando les decía su nombre se les iluminaba el rostro, y que se iban buscando unos a otros para decirse: “eres tú, tú”. 

Se abrió turno de preguntas y una de las niñas que estaban delante me preguntó, sorprendida: 

— ¿Cómo has hecho para doblar así el ordenador?

Sonreí y le dije:

— Es que es un ordenador especial.

MiniP nos dio el regalo que habían hecho para la familia (un puzle que había dibujado ella, que luego nos costó hacer porque como no le gusta mucho pintar había dejado casi todas las piezas en blanco, y un punto de libro), y la profesora nos premió a Papá en Apuros y a mi dejando que nos quedáramos un rato en la clase, viendo cómo trabajaban. Aceptamos encantados.

Con mucho, ha sido la experiencia más gratificante del año, con respecto al colegio. Casi les perdono que nos dejaran sin función de Navidad. Casi.

Aunque para el año que viene les voy a proponer que la función la hagan para mi sola (bueno, y para Papá en Apuros también, venga), ya que nadie se animó a participar en este día de la familia. 

En condiciones normales a lo mejor no sería tan mala, pero como puedo alegar enajenación mental a causa de los calmantes…

viernes, 12 de mayo de 2017

Mamá en apuros: Más pruebas médicas




Toda espera llega a su fin, y en el plazo no mayor de una semana me llamaron del otro hospital para que empezara el protocolo preoperatorio.

Lo primero fue una consulta en la que un doctor gris me estuvo explicando lo que me iban a hacer. Creo que debo explicar el color del doctor. He estado pensando mucho sobre cómo describirle, y creo que gris es el apelativo ideal para él. Entramos en la consulta Papá en Apuros y yo, nos sentamos y frente a nosotros nos encontramos a tres personas. El doctor que habló, otro chico algo más joven y una mujer, ignoro si los dos eran doctores o enfermeros. La mujer no me quitó ojo de encima, atenta a todas mis reacciones, cosa que, no lo voy a negar, me puso muy nerviosa. No es con la primera profesional de la medicina que me ocurre. Leen mi historial y como que les doy pena, o algo. El caso es que no me gusta. Decidí ignorar sus miradas y me centré en Doctor Gris. Por lo que me perdí el digno espectáculo de ver al otro chico luchando por no dormirse.

Y no me extraña.

El tono de voz del doctor era monocorde, tanto, que yo creo que se ganaría muy bien la vida grabando cintas para conciliar el sueño. Tienen la cura del insomnio al alcance de la mano y no han sabido verlo…

El caso es que me explicó la intervención de tal manera que no entendí más allá de lo imprescindible: me iban a abrir para sacar unos ganglios y ya. Incidió mucho en que no iban a tocar a Voldemort, y también incidió mucho, casi con inquina, en todo lo que se podría torcer en el quirófano.

Salí de la consulta con la sensación de haber estado dentro de la casa de los horrores. Me imaginé al doctor frotándose las manos mientras se relamía con gesto casi obsceno pensando en abrirme y hurgar en mis entrañas. Hasta que le pregunté si me operaba él, claro, que ahí la fantasía se vino abajo. No sería él quien me operaría, sino el jefe de cirugía. Como a las personas importantes. 

Mentiría si no dijera que suspiré de alivio. Un poco.

También salí de la consulta con las citas de todas las pruebas que me tendrían que hacer antes de operar. Llevaba medio Amazonas en la mano, de todas las que me tenían que hacer. Eran dos días: el primero tan solo un análisis de sangre; el segundo era toda una gymkhana por el hospital, con una placa de tórax, luego un electro, el anestesista, y con todo en la mano terminar viendo al Doctor Gris. Empezaba una cita a las once menos cuarto y la última a las dos de la tarde. Una mañana entretenida.

Al análisis de sangre fui sola. Fui sola por no mover a nadie, porque era un simple análisis y porque así podría leer en la espera. Pero no calculé que yendo sola no tenía a nadie a quien endiñarle todas mis cosas, por lo que cuando pasé al cubículo de los vampiros no encontré donde dejar la carpeta con los papeles, el libro y la mochila. Los apoyé en el suelo y extendí el brazo izquierdo. Soy diestra, y ya me ha pasado que si doy el derecho luego parezco una cosa tonta intentando coger las cosas dignamente e irme.

No es por presumir, pero tengo unas venas prodigiosas. Están a la vista antes incluso de que me coloquen la goma en el brazo. Podrían clavarme la aguja desde la puerta lanzándola como un dardo y no fallarían. También me gusta mirar, no me importa y apenas me duele. Pero debí pillar a la enfermera en un día malo, porque aparte de que apenas me saludó, me hizo daño cuando me pinchó. Luego me puso un algodón y me despidió con un: apriétate ahí cinco minutos, ¡siguiente!

Cogí mis cosas como pude, con un brazo tieso y el otro sujetando el algodón y salí de allí callándome lo que le quería decir. Encima me entraron ganas de ir al baño, y cuando digo ganas quiero decir necesidad imperiosa. No sé si tengo que explicar lo difícil que resulta ir al baño cuando tienes cuarenta cosas en las manos, y además has de apretar un algodón contra el interior del codo. Tan solo diré que Pepe Viyuela se debió inspirar en algo parecido para su sketch de la silla. Afortunadamente encontré la forma de salir del atolladero, me vestí, me lavé y me fui a desayunar. Que las ayunas a mi no me sientan nada bien.

Para la gymkhana se venía Papá en Apuros conmigo. Las pruebas no iban a ser horribles, pero sí largas, y así tendría compañía. Además, con Papá en Apuros no tengo problema, puedo leer tranquilamente. Él se cargó música y algún documental en el móvil. Los dos íbamos preparados para la espera.

Me levanté con un moratón en el brazo del tamaño de una fresa. Me acordé de la simpática de la enfermera que me pinchó, de la carpeta, el libro y la mochila, y de mis esfínteres, pues de todos ellos era la culpa del morado. Y dolía. Vale, no dolía mucho, pero a veces me gusta quejarme.

Llegamos temprano al hospital y acudimos al primer sitio: la placa. El hospital tiene una máquina expendedora, donde tienes que introducir tu tarjeta sanitaria y así los médicos saben que estás allí (el mío aún no lo tiene), es por eso que según llegamos a la sala de espera, casi con una hora de adelanto, apenas nos sentamos salió mi número por la pantalla. No me dio tiempo ni de abrir el libro cuando ya tenía que pasar.

La placa de tórax es una prueba tan común y tan sencilla que en diez minutos ya estaba fuera. El chico que me atendió me hizo las fotos de la policía: de perfil y de frente, con poca simpatía pero sí amabilidad.

Primera parada superada. Nos dirigimos a la segunda, no sin preguntar primero, porque más que un hospital parece aquello el laberinto de Teseo, y yo sin ovillo de lana que seguir. 

Para el electro tuvimos que esperar un rato más largo. Me dio tiempo a leer bastante, a mandar callar a Papá en Apuros para que me dejara leer, que no hacía más que insistir en que viera el documental con él, y hasta de preguntarme si no me habría equivocado de sitio. Pero conseguí dominar la impaciencia y la pantalla del ordenador me premió sacando mi turno. 

Llegué a la consulta y dije buenos días. La enfermera que allí había no me contestó. Estaba hablando con otra sobre dónde ubicarme (había varios cubículos) y qué hacer conmigo. Tan solo se dirigió a mi para indicarme, con un gesto del brazo, donde debía entrar y que me quitara la blusa. No me miró, no me saludó, ni siquiera una media sonrisa. Me puso los electrodos, y respondió a mis preguntas apenas con gruñidos. En todo momento de la prueba no dejó de tener un gesto como de asco, y de chasquear la lengua como si hubiera ido al hospital a molestarla. Tan solo recuerdo una experiencia así yendo a la mutua del trabajo, pero ahí ya es normal, vas porque eres una vaga que no quiere trabajar, claro… Cuando terminamos y me dio el resultado, me dijo que se lo entregara en mano a la anestesista. Y ya. Ni un hasta luego, ni un amago de sonrisa, ni siquiera me miró de soslayo. Me fui con un: “hasta luego, simpática”, por no mandarla a la mierda o ponerle una queja. 

Puedo entender que se tenga un mal día, pero volcar esos sentimientos en el paciente no lo entiendo. Ella no sabía porqué debía hacerme un electro, quizá no tenía por qué saberlo, pero desde luego me parece fatal que me tratara como si hubiera acudido allí por puro placer. 

El cabreo se me pasó cuando vi a la anestesista, de nuevo con poca espera. Antes de entrar con ella me hicieron pasar a la consulta de la enfermera para pesarme, tomarme la tensión y preguntarme por enfermedades graves. Esa enfermera ya suavizó mucho la experiencia pasada en el electro, pero la anestesista la borró por completo.

Me recibió con una gran sonrisa, estudió los resultados de mis pruebas, incluido el electro que le di y me hizo las preguntas de rigor.

— Pues esto ya está. Estás muy bien.

— Pues qué bien.

— Todas las pruebas están correctas. Estás… sana — dudó un poco antes de la palabra sana, pero la entendí. De hecho, me entró la risa.

— Ya, sana como una manzana — le dije— . Si no fuera por el tumor, claro…

Ella, lejos de ofenderse o tomárselo a mal, se rió también y lo corroboró:

— Sí, sana a excepción de eso, claro…

Cuando salimos de consulta seguí riéndome. Sana como una manzana.

Como una manzana con un tumor, claro.

Ya solo quedó visitar al Doctor Gris, que hizo un intento vano de explicarme más a fondo en qué iba a consistir la operación, y otro intento aún más vano de contestarme a todas las dudas. Por suerte tengo en mi familia a una doctora, cirujana también, a la que llamé para que me lo explicara en cristiano, y otra cosa no, pero la Prima L sabe hablar mi idioma. ¡Gracias Prima!

Salimos del hospital y miramos la hora: las doce y poco. Papá en Apuros y yo nos miramos, con los ojos muy abiertos. Esperábamos salir a las tres de la tarde como poco, pero resultó que se nos dio genial el día, y nos lo ventilamos antes de lo previsto. Ahora tocaba esperar, de nuevo, a que me llamaran con el día de la operación.

A esperar. 

Joder con esperar.

viernes, 5 de mayo de 2017

Mamá en apuros: El arte de saber esperar



Me dicen algunas personas que lo estoy llevando muy bien, todo el tema. Han llegado a decirme que soy todo un ejemplo. 

Esas personas me ven solo un rato al día, si no, no lo dirían.

Encajo mal los cumplidos, no sé por qué extraña razón, con lo que mola que te digan que vales mucho, pero es que encontrarme con que soy un ejemplo de algo me suena raro. 

¿Cómo voy a ser un ejemplo cuando pierdo los papeles frente al espejo y me echo a llorar? Hay momentos en los que me apetece revolcarme en la autocompasión, pero como eso de revolcarse suena a mancharse, me lo pienso mejor y lo dejo para otro momento, que no estoy yo como para poner lavadoras.

He de reconocer que mal, mal, tampoco lo estoy llevando. Pero ahora, claro. La primera semana fue horrible. Pero horribilus totalus.

Vas a la consulta y te dicen: tienes cáncer. Tras el impacto inicial, que sales con los papeles en la mano aturdida y con la sensación de irrealidad, ya puedes pararte a pensar. Vale, tengo cáncer, pero… ¿cuánto cáncer tengo exactamente? Porque no es lo mismo tener cuarto que cuarto y mitad…

En esa semana me hicieron las pruebas que ya he contado, y volví a la consulta apenas semana y media después. Pero esos entremedias estuvieron bien cargados de paranoias y llantos. Cada dolor que me daba pensaba que era el cáncer extendiéndose. Cada pinchazo, cada molestia. Cada amanecer era el último para mí. Con mi poca habitual tendencia al drama pensaba: ¿cuántos amaneceres me quedan? ¿Cuántos besos por dar, antes de que sea el último? 

Me faltaba el corsé y un pañuelo blanco que llevarme a la frente para ser la viva imagen de una dama en apuros. La dama de las camelias, pero sin tuberculosis. 

Aunque lo llevé bastante en secreto, pude escuchar el alivio de mi marido el día antes de la consulta. Por fin se acabaría la duda, y con la duda aniquilaríamos el drama. No hay nada como la certeza para ser prosaico. 

En la sala de espera era un saco de nervios. Llevé mi novela, para leer. ¡Ja! Para leer estaba yo. Y mira que tengo que estar mal para no poder dejarme llevar por la lectura. Me dediqué a jugar con la goma de la carpeta donde había empezado a guardar. La cogía con la uña, la tensaba un poco y la soltaba. El pequeño plop que hacía al volver a su sitio me entretenía. Una y otra vez: uña, tensar y soltar; uña, tensar y soltar. Me veía capaz de hacerlo hasta el infinito, pero no tuve que probar mi resistencia, ni la de Papá en Apuros, que ya me estaba empezando a mirar de reojo, porque me llamaron enseguida.

La doctora era distinta de la que me había visto la última vez. Pero estaba al tanto de mi caso. Era muy joven, morena, y me recibió con una gran sonrisa que me calmó un poco los nervios.

Nos hizo sentar, con algo menos de insistencia que la otra doctora, y comenzó con buenas noticias.

- Bueno, las pruebas muestran que tienes un tumor grande (esto ya lo sabía) en el cuello del útero, pero todo lo demás está correcto.

Como un globo de helio que se escapa antes de cerrarlo con un nudo, así salió todo el aire que había contenido sin darme cuenta. Pude ver que Papá en Apuros también respiró aliviado. Ambos relajamos nuestras posturas.

- Lo único - mierda, me volví a tensar - que los ganglios de la zona del cuello uterino parecen más grandes de lo normal, por lo que te tenemos que pedir una gangliodectomía de la zona paraórtica para comprobar si esos ganglios también están afectos. 

Debí poner cara de pez, porque la doctora me miró y me sonrió de nuevo. Me lo volvió a explicar, esta vez de forma más sencilla, más acorde con mi capacidad de atención, y lo entendí. Los ganglios linfáticos eran el objetivo. Si estaban afectados la zona de radiación sería más amplia, y la única manera de averiguarlo sería operando.

Vaya.

Yo que creía que me había librado de la cirugía. 

En la primera cita le ofrecí a la doctora mi útero, que me lo quitara entero, con cuello, con Voldemort y con lo que hiciera falta. Si le hacía ilusión le ponía un lazo. Pero no lo quiso. Llamó a Voldemort un tumor clínico, que se trataba solo con quimio y radio. Y yo ya me hice ilusiones.

A ver, que no me hace ilusión la quimio y la radio, pero librarse de un quirófano sí me daba algo más de vidilla. Y ahora me decían que no, que no me había librado.

Yo que creía que saldría de la consulta ya con la hoja de ruta del tratamiento, pudiendo así quitármelo de enmedio pronto, y no. Salía de la consulta con más incertidumbre, aunque de otro tipo, y con más espera. 

Tocaba esperar a que me llamaran de otro hospital, donde me habían derivado para la operación, para las citas previas, las pruebas preoperatorias y la fecha de la operación.

Esperar.

Me estoy volviendo una experta en el arte de saber esperar.

Salí al sol y respiré hondo. Por lo menos ya se me había pasado la paranoia y ya no me despedía de cada nube. Se acabó el drama. Bienvenida, paciencia.

viernes, 28 de abril de 2017

Mamá en apuros: Las pruebas médicas



En las películas estas cosas son más rápidas. Por desgracia (o por fortuna, que en las pelis la madre que enferma suele acabar mal) no estamos en una película, y tras la escena en la que una doctora muy amable me dio el diagnóstico de forma clara y sin ambages, no vino la escena en la que me hacían las pruebas, y tras eso la imagen de una yo más delgada, con ojeras y con un pañuelo en la cabeza para tapar la calvicie provocada por la quimio.

No.

Bueno, la siguiente escena sí que puede ser la de las pruebas, pero después de algunos días en casa, asimilando la bomba que supuso conocer a Voldemort, y la preparación para ellas, claro.

La peor semana de todas, hasta el momento, ha sido la primera. Desde que me dieron el diagnóstico, hasta que me volvieron a ver con las pruebas ya realizadas. 

En la preparación para las pruebas ya pude vislumbrar que el proceso no va a ser agradable. Para el tac no tuve que hacer mucho: presentarme en ayunas. Tuve suerte y me dieron cita temprano. A las 8:30. Llegué, me hicieron desnudarme y me dieron una bata azul de papel que no la veo yo en la pasarela Cibeles. Estuve a punto de poner una reclamación para exigir que me dieran la bata verde, que la azul no daba bien en pantalla, pero como abrochaba cruzada y vi que me quedaba bien opté por no hablar. No fuera a ser que me dieran una verde que me dejara el culo al aire, cosa que con esta no me pasaba. 

Tras el pase de modelos me tumbaron en una camilla y me pusieron una vía. La vía era porque me tenían que poner un contraste. Me dijeron que podía notar calor en alguna parte del cuerpo, y que algunas personas se mareaban. Una enfermera muy amable me conectó, me puso en posición, me pidió que no me moviera y salió de la estancia.

Y allí me quedé yo, tumbada en una camilla que se movía sola y que me hacía pasar por una especie de puerta de lavadora gigante, solo que sin lavadora. Yo intentaba respirar tranquila, menos cuando la voz metálica de la no lavadora me decía que no respirase, que entonces no respiraba. Obediente que es una.

Empecé a notar el calor. Creo que me puse roja, y me sonreí, no porque el calor del líquido de contraste me estuviera dando en la cara, no. Era porque empecé a notar mis ingles ardiendo. Hubo un momento en que parecía que había fuego en mis bajos. Uff, si hubiera habido un poco más de intimidad habría sido casi perfecto. 

El efecto se pasó enseguida, eso sí, al igual que la prueba. Aunque hubo un momento en que pensé que me había colado en una nave alienígena y que despegaríamos en breve hacia el planeta Ómicron Persei 8, pasó enseguida, las turbinas se apagaron poco a poco y la enfermera volvió a entrar para decirme que ya había terminado. Tras quitarme la vía me fui a por un merecido desayuno.

Esa fue la prueba fácil. Y la más agradable. Tuve un rato de casi gustito con el calorcete y además casi viajo a otro planeta. No sé qué más podía pedir. Desde luego no se me hubiera ocurrido pedir una resonancia.

La resonancia es otra prueba que parece sencilla pero que no lo es. Bueno, complicada tampoco, te vuelven a tumbar en una camilla y no te puedes mover, pero es que te meten en un tubo estrecho y además hace ruido. Pero lo peor no fue eso. Lo peor casi fue la previa.

Para empezar me dieron la cita a la una y pico de la tarde, con un ayuno de seis horas. Tuve que madrugar para desayunar, con lo que odio madrugar. Y, por si fuera poco, tuve que estar toda la mañana sin poder comer nada.

Lo que no es nada comparado con lo que tuve que hacer la tarde anterior: ponerme un enema.

Tan solo nombrarlo me dan escalofríos. Un enema, ese líquido que se administra vía rectal. Tan solo me había puesto uno en mi vida: a los trece años, cuando me operaron de apendicitis. Desde entonces no he vuelto a probarlo. 

Fui a la farmacia tan pichi yo, pidiendo un enema. La farmaceútica me preguntó qué clase, y yo, que no sé ni siquiera si hay clases de eso, le expliqué para qué lo quería. Y va la cachonda y me saca un bote de 200 ml. La caja más grande que la de un jarabe para la tos. Me la quedo mirando muy seria y levanto una ceja: ¿en serio? Sí, me dijo. Si es para una prueba necesitas que esté muy limpito y solo se consigue con esto.

Como no le he hecho nada a mi farmacéutica no dudé de la veracidad de sus palabras. Lo pagué y me lo llevé. El espectáculo vino más tarde: cuando me lo tuve que poner. Parece ser que hay que estudiar al menos dos años de enfermería para saber poner un enema. Yo lo hice como me indicaban en las instrucciones, y como era en casa, me puse velitas y música romántica para hacerlo todo menos impersonal. Que una tiene su corazoncito. Pero cuando voy a apretar el tubo, el líquido no entraba. Hacía tope y no entraba. Yo que pensaba que eso iba a ser coser y cantar, y estuve cerca de dos horas para vaciar los 200 ml. Claro que hice trampa y lo dejé por la mitad, cuando pude comprobar que no había nada que echar en los intestinos.

Pero por si fuera poca la gracia, el día de la prueba una enfermera súper amable me informa a la par que me da la bata de que me va a tener que rellenar la vagina con un líquido para crear contraste en la imagen. Me lo comunicó con antelación para que me fuera haciendo a la idea. 

Me hice a la idea, me tumbé en la camilla y me rellenó como a un roscón de reyes. Y aún así, fue peor un pinchazo que me pusieron en la pierna para paralizar los movimientos de las tripas para que salieran bien en la imagen. Y yo pensando: ¿no lo podéis arreglar luego con photoshop? Pero se ve que no, que para ellos es muy importante que la imagen sea clara y sin movimientos. 

Me dejaron sola en la habitación, con mi bata y unos cascos, y la máquina empezó a moverse. Subió, subió y subió, tanto, que por un momento creí que me iba a pegar de morros con la parte alta del tubo. Luego se movía un poco hacia delante, otro poco hacia atrás, se paraba y hacía un ruido horrible que era capaz de escuchar hasta con los cascos. Yo intentaba no ponerme nerviosa, pero decirte a ti misma no te pongas nerviosa no funciona mucho en estos casos. Respiré hondo, lo más que pude que no fue mucho, e intenté evadirme. No lo conseguí. Empecé a pensar si se habrían olvidado de mí, y me habrían abandonado dentro de ese tubo, medio atada. ¿Sería capaz de salir yo sola de allí? Paraba la progresión de la paranoia antes de que fuera a más, pero el tiempo se me hizo eterno. Por suerte no tuve que comprobar si sería capaz de escapar o no, ya cuando me veía perdida y abandonada allí dentro volvió a entrar la enfermera para liberarme. La hubiera abrazado, pero no lo vi oportuno.

La parte buena de ambas pruebas es que di con personas muy amables que supieron tratarme muy bien y tranquilizarme en todo momento. Durante la resonancia tuve en la mano una perilla de llamada en caso de que me agobiara mucho, pero preferí aguantar sin tocarla. Quería ver hasta dónde era capaz de llegar mi psicosis.

Eso sí, a partir de ya tengo prohibidísimas las películas de temática cáncer (demasiado sentimentales) y las de zombis, que no será la última resonancia que me hagan y no quiero que mi cabeza vuelva por ciertos derroteros. Antes de las pruebas, unicornios rosas. 

Unicornios rosas.

Unicornios rosas zombies.

Unicornios rosas zombies que atacan justo en el momento en que estoy atrapada.

¡Mierda!

viernes, 21 de abril de 2017

Mamá en Apuros: No lo llames cáncer



Hay un miedo extendido a no nombrar esta enfermedad. El cáncer, la palabra en sí, es como tabú en nuestra sociedad.

Quizá es porque la palabra se ha hecho sinónimo de muerte. Al menos así lo veo yo. Así lo estoy viviendo. No porque me vaya a morir, que espero que no (estoy casi convencida que al menos no de esta), pero por lo que veo en los ojos de las personas a las que les cuento lo de mi tumor. 

Siempre es igual, cambia el gesto, y hay un instante, un momento, en el que brilla una especie de chispa en sus iris. Esa chispa que ya te está enterrando, que te mira con pena, a ií y a tu hija si está contigo. O a tu marido. Ese gesto con la boca, metiendo un poco la comisura hacia dentro como diciendo: qué vida más puta, pero menos mal que te ha tocado a ti y no a mí.

Bueno, supongo que este último pensamiento es lícito tenerlo. Todos deseamos el mal fuera de nuestras vidas, yo incluida. 

En base a estas experiencias, me cuesta más contarlo. No me cuesta hablar del tema, me encanta hablar de mí misma (¡a quién no!), y es la mejor manera de monopolizar una conversación. Llegas a un grupo de personas, dices: “¡tengo cáncer!”, como quien suelta una bomba y ya está: el resto del día son preguntas exclusivas sobre tu persona. Y sí, me encanta hablar de mí misma, pero hay ciertos contextos en los que no. Y sentir manitas frotándome la espalda como si fuera una pobrecita que no tiene esperanza pues como que no. Atenciones las justas y las sanas, por favor.

A mi también me cuesta nombrar la enfermedad, pero no es por miedo. No es porque me de miedo decir que tengo cáncer, pero sí que es verdad que cuando dices el nombre suena como cavernoso, como con eco, como si fuera gigante. Y yo no quiero tomarme mi enfermedad como algo gigantesco a lo que casi no podré vencer. Quiero tomármelo como una enfermedad, ni más, ni menos. Es una enfermedad tratable, que no será agradable de vencer, pero a la que voy a hacer frente sin hacerme yo pequeña. ¿Perderé el pelo? Puede. ¿Me cagaré en los muertos del diablo? Seguro, soy mucho de blasfemar. Pero no perderé las ganas de luchar. Eso nunca. Y para hacerlo más pequeño, para no amilanarme frente a ese nombre que es casi sinónimo de muerte, prefiero utilizar otros apelativos. Así, en plan cariñoso. Voldemort, por eso de ser un nombre prohibido, ya que el mago oscuro es El-que-no-debe-ser-nombrado. La enfermedad, el diagnóstico, el mal, y volvemos a Voldemort. Es el que más me gusta porque además me imagino el tumor como al mago malvado en la primera película, que iba adosado al lomo del profesor como un amasijo de carne mal puesta. Lo imagino con mala cara, lleno de bultos y escupiendo sangre (casi todo el día, qué molesto es el jodío). Imagino que se enfada cuando voy a correr y por eso voy casi todos los días. Imagino que sonríe cuando me da un pinchazo y hace que me siente en el sofá, y por eso, por fastidiarle, me levanto y me pongo a hacer cosas. Así me lo imagino yo, un bulto deforme con cara desagradable en el cuello de mi útero, que intenta paralizarme. Por supuesto, no se lo permito.


Quizás sea causa de mi imaginación hiperactiva unida al hecho de tener más tiempo libre, pero me hace gracia imaginarlo así. Disfruto como una malvada de película imaginándome el bombardeo que supondrá la radio y la quimio. ¡Achichárrate, Voldemort! ¡No volverás a hacerme sangrar! ¡Vuelve a la oscura caverna de donde saliste! Una guerra es una guerra y aquí no hay concesiones.

El caso es que, lo llame como lo llame, soy consciente de lo que tengo. Soy consciente de la gravedad del asunto, pero no necesito a nadie que me recuerde con una simple mirada que estoy en el abismo. No quiero mirar abajo, porque me podría caer. No quiero que miren a MiniP con pena, porque aún no está huérfana, y hay un porcentaje muy cercano a 100 de posibilidades de que no lo esté en un futuro inmediato.

De modo que no lo llamaré cáncer. Mi tumor a partir de ya tiene nombre y será Voldemort. Por favor, no lo digáis muy alto no vaya a ser que J.K. Rowling venga y me pida derechos de autor…

viernes, 7 de abril de 2017

Mamá en apuros: MARZUS HORRIBILUS




Cuando te dan una noticia horrible, tan solo puedes pensar: ¿qué?

¿Qué?

La doctora sigue hablando. Te da información, te mira fijo, sabe que es un palo, pero ella tiene que contártelo. Pero tú solo piensas: ¿qué?

Me entero de la mitad de lo que cuenta, porque mi mente sigue divagando. ¿Qué? Parece que se ha quedado en pausa, no consigo avanzar más allá de la palabra maldita, la que más cuesta pronunciar, como si tan solo al nombrarla estuvieras llamando en la puerta del infierno. Como si fuera Voldemort. Pero mi mente solo piensa: ¿Qué?

No un por qué. No un cómo. Solo un: ¿qué?

En ningún momento he pasado por la negación. No es un no me lo creo. No es un: ¿perdona? Es un: ¿qué?

Quizá era una noticia que no esperaba escuchar nunca. Todos mis análisis han sido perfectos siempre. Estoy sana, hago deporte, intento cuidarme, aunque para qué nos vamos a engañar, no siempre lo consigo. Pero intentarlo, lo intento. Y ahora esto. 

¿Qué?

Me he quedado como si me hubieran dado un palazo en la cabeza. En shock. Abrumada. Las lágrimas vienen después, porque vienen. No podía ser de otra manera, soy una llorona desde que nací. Pero no son malas, las lágrimas no son malas, al contrario. Me ayudan a contestar a ese qué, que parece que no quiere moverse de mi cerebro. 

Salimos de la consulta, Papá en Apuros está conmigo. Por suerte. Él también se ha quedado helado. No es para menos. La palabra maldita ha estado en su familia el último año, y ahora que parecía que se había marchado resulta que ha saltado hasta mi útero. 

El útero, vaya cosa. Si yo ya lo he usado, no lo quiero para nada más. Pero parece ser que no me lo quieren quitar. Debe ser que como ahora está defectuoso no lo quiere nadie. 

Cuando consigo avanzar más allá del qué, iluminado con bombillas fosforescentes, lo siguiente que pienso es que tenía que ser en marzo. Estoy segura de que si hubiera sido otro mes distinto esto se habría quedado en un susto, pero marzo es el mes maldito. El mes que se llevó a mi padre hace ya cinco años, y el mes en el que me nombran la palabra maldita. Es horrible, podría borrarse del calendario. Me ha traído mala suerte. No lo quiero. Lo regalo junto con el útero.

Y después, fases. Montañas rusas. Me sorprende salir a la calle. En la silla de la consulta, cuando la doctora me ha dicho lo que tenía, parecía que mi vida se había acabado. Pero no. La vida continúa. La de los demás y la mía también. Todo sigue girando, el sol sigue saliendo tras la lluvia, las nubes siguen su misterioso y desconocido camino.

Y mi vida está en suspenso, pero no interrumpida. Está en suspenso porque no sé qué pasará en un futuro próximo, no sé qué tratamiento me darán ni cómo me va a sentar. Mi vida normal, mi estrés, mis puzles diarios de horas se han visto afectados. Ahora todo eso no me importa. Porque tengo otras cosas en qué pensar. Y son más importantes.

Tengo miedo, pero no tengo miedo. 

Soy una guerrera y presentaré batalla. No será fácil, pero lo haremos divertido.



La victoria está un paso más cerca.

viernes, 31 de marzo de 2017

Mamá en apuros: Los genes de la torpeza




Mi torpeza es antológica. Son mis genes, la culpa no es (del todo) mía. Admito la parte en la que mi cabeza, siempre en otros mundos, no atiende al mundo real, el de las cosas en 3D y luego pasa lo que pasa, pero hay veces que no es por eso. Hay veces que lo veo venir y aun así no puedo hacer nada por evitarlo.

Lo peor de todo es que MiniP ha sacado mis genes. No le podía dejar los ojos verdes, no. Tenían que caerle los cromosomas en los que iban mis pies gigantes con deditos como tentáculos de un pulpo y la torpeza extrema de la que hacemos gala. 

Somos como la ley de Murphy: si nos podemos caer, nos caeremos. En el lugar más tonto, en el sitio más insospechado. Lo que todo el mundo ve, nosotras no. Algún día, estoy segura, dominaremos el mundo, pero lo echaremos a perder vertiendo agua encima del ordenador central que controla los misiles. E iremos a la cárcel donde nos tropezaremos en cada bordillo.

MiniP cuando empezó a andar caía siempre de cabeza. Daba igual si era un tropiezo tonto: acababa con chichón en la frente. Le enseñé a poner las manos, pero fue inútil: ponía las manos y la cabeza seguía su trayectoria para acabar estrellándose en el suelo. Chichón asegurado.

Pero es que yo tengo también unas pocas de anécdotas. Me avergüenza un poco reconocerlas, pero la torpeza es parte de mí, y tengo que aprender a aceptarla, al igual que a mis pies (con deditos como tentáculos de largos).

Cuando nos compramos la casa nos la dejaron hecha una mierda. Había porquería por todas partes, sucia, y hasta con cosas. El piso tenía una terraza, donde había un mueble donde nos habían dejado unos zapatos de trabajo y varias porquerías. La terraza tenía una puerta doble de cristal. 

Un día que estábamos limpiando, antes de mudarnos, yo estaba en la cocina trasteando (peleándome con algo que había cobrado vida en el frigorífico), y Papá en Apuros estaba en la habitación del fondo de la casa colgando una lámpara (nos dejaron hasta sin bombillas, con los cables pelados colgando del techo). Necesitó un destornillador, y en lugar de bajar de la silla e ir a buscarlo, pues me preguntó, a voces, que si lo había visto.

Y sí lo había visto. En la terraza.

Cogí carrerilla desde la cocina, exaltada por la batalla con el primo de Cthulhu que había quedado en el frigo, y me dirigí hacia la terraza cegada por la furia y con el único objetivo en mente de recoger el destornillador y clavárselo al bicho para ganar la batalla. Y luego que lo cogiera Papá en apuros, aunque lo tendría que limpiar de la potencial sangre verde del primo de Cthulhu. Y allí que fui: aguerrida, dispuesta, casi victoriosa cuando… ¡Cataplún! Me choqué contra las puertas de la terraza, que estaban cerradas.

Cuando Papá en Apuros cuenta la anécdota, y la cuenta demasiado a menudo para mi gusto, nunca se olvida de añadir que los cristales tenían aún pegados unos cuadraditos de corcho, pequeños, de esos que ponen para que en el transporte no se rompan. Eso, y que estaban sucios.

Yo siempre me sorprenderé de no haber sangrado, aunque la mayor parte del golpe se lo llevó la frente. Después de eso di la guerra con el primo de Cthulhu por terminada, ya que del golpe se asustó y salió huyendo, y me vengué de las puertas quitando la terraza e incorporándola al comedor. No me volvería a pasar.

Pero años después me pasó algo parecido. Volvía del trabajo y debía recoger a MiniP de casa de mi hermana. Fue poco después de la muerte de mi padre, y cuento esto para mi descargo, ya que por aquel entonces tenía como una nube negra a mi alrededor. Era como si la realidad se hubiera oscurecido, y esa nube ralentizaba mis sentidos. Todos.

El caso es que el barrio de mi hermana es el mismo donde vivimos de pequeñas, y tiene una curiosidad: los balcones de los pisos más bajos están demasiado bajos. Cuando éramos pequeñas y jugábamos en el barrio nos encantaba pasar por debajo, hasta que crecimos (a los diez, más o menos) y ya rozábamos la cabeza en el suelo del balcón. Pero entremedias además asfaltaron la calle, con lo que la medida entre el balcón y el suelo bajó aún más. 

Mi nube negra y yo llegamos, aparcamos el coche y caminamos hacia el portal de mi hermana, que quedaba al otro lado del edificio. En un momento dado bajé la vista al bolso para asegurarme de que había guardado las llaves del coche, no fuera a ser que las hubiera perdido (esto es otra cosa, además de la torpeza tengo mala memoria) y antes de sentir ningún dolor escuché un crujido. Al segundo del crujido ya noté un dolor sordo en la zona de la nariz, y un líquido viscoso que goteaba.

Al bajar la vista me había comido uno de los balcones que llevaban toda mi vida en el mismo sitio. 

Me empezó a sangrar la nariz como si no hubiera un mañana, y se me ocurrió taparme con la camiseta, dejando la barriga al aire. En el portal de mi hermana me crucé con unos vecinos suyos, muy simpáticos, que me miraron con cara de alucinados, pero que no se dignaron a preguntarme ni siquiera si estaba bien. Pregunta absurda, por otro lado, porque con la nariz sangrando y la camiseta manchada de sangre nadie puede estar bien. Tuve la decencia de bajarme la camiseta, no fuera a ser que se ofendieran a la vista de mis chichas. Lo que no recuerdo ya es si dejé rastro de sangre dentro del portal. En la calle sé que sí.

La cara de mi hermana fue un poema cuando abrió la puerta. Me preguntó, alterada: “¿Qué te ha pasado?” Y yo le contesté como en el chiste: ¿Ves esos balcones de ahí? ¿Sí? Pues yo no los he visto…”

Por suerte fue más maja que sus vecinos y me llevó al hospital donde me dijeron que la nariz no la tenía rota y que la torpeza es intratable.

Estoy buscando disfraces de muñeco Michelin para vestir a MiniP todos los días con ellos. Para mí ya es tarde, pero ella a lo mejor aún tiene alguna posibilidad de superarlo…